Gianni Infantino aplicará reformas para el Mundial 2026

El Mundial 2026 no será una fiesta del deporte. Será el laboratorio donde Gianni Infantino y su FIFA experimenten con el cadáver caliente del fútbol global. Lo que comenzó como un deporte popular, imperfecto y apasionante, ahora se alista para convertirse en un producto quirúrgicamente intervenido, plastificado, medido en métricas de consumo y programado para no salirse del guion. Todo, claro está, en nombre de la modernidad, la equidad y —aunque no lo digan— los millones.

Porque sí, el Mundial que alguna vez fue el altar del fútbol, se transformará en un reality show global con formato de videojuego, pausas para publicidad y reglas dictadas por el algoritmo. Y el arquitecto de esta mutación tiene nombre, traje, y un lema no escrito: “si no se puede vender, no sirve”.

¿Penales sin rebote?. Sí, gracias. Para Infantino, la emoción de un segundo disparo, ese instante en que la pelota choca en el poste y el delantero la clava en el ángulo, es un problema técnico. Mejor cortar la jugada. El fútbol no necesita drama: necesita eficiencia. ¿Qué sigue?. ¿Eliminar los empates con un piedra-papel-tijera corporativo?.

¿Más VAR para todo?. También. Porque el fútbol imperfecto molesta. La polémica, el error, el desahogo, el grito al árbitro: son cosas del pasado. Ahora vendrá el VAR omnipresente, juez y parte en saques laterales, córners, tarjetas, hasta en miradas sospechosas. El ritmo del juego será reemplazado por repeticiones, líneas virtuales, congelamientos de jugada… y más tiempo para que entren comerciales entre revisiones.

¿Cuatro pausas de hidratación?. No. Cuatro cortes publicitarios camuflados. Minuto 15: una marca de bebidas. Minuto 30: otra de apuestas. Minuto 60: telecomunicaciones. Minuto 75: alguna app que convierte tu celular en un “experto táctico”. Todo está medido, todo es vendible. Incluso el sudor.

¿Y el Mundial?. 48 selecciones, 104 partidos, 16 grupos. Lo que antes era un mes de gloria, ahora será una maratón de 38 días con encuentros a las 11 a.m., 3 p.m. y 8 p.m., dependiendo del huso horario que convenga a la audiencia asiática. El espectáculo ya no se diseña para el hincha de tribuna: se construye para el televidente que paga suscripción desde Canadá, Abu Dabi o Shanghái.

¿Visas para ver a tu selección?. ¿Entradas que cuestan medio sueldo?. ¿Calor extremo combatido con techos artificiales?. Todo eso es secundario. El fútbol ya no es una experiencia comunitaria: es una cadena logística. Y quien no se adapta, queda fuera. Así lo dicta el manual del espectáculo global.

Lo que se está jugando no es un partido, es una batalla cultural. Infantino y su corte de ejecutivos no buscan preservar el fútbol, buscan reformatearlo hasta que encaje en el Excel del marketing. Y lo hacen convencidos de que el hincha siempre tragará. Total, mientras ruede la pelota y suene un himno, ¿quién va a notar que todo lo demás cambió?.

Pero esta no es una evolución. Es una traición. Y no la encabezan los patrocinadores, ni las televisoras. La dirige la propia FIFA, esa organización que juró proteger el juego y ahora lo desmantela pieza por pieza.

Reflexión final
En 2026 no se jugará solo el Mundial. Se jugará el alma del fútbol. Si triunfa esta versión “Frankenstein”, donde cada emoción es cronometrada, cada jugada es interrumpida, y cada pausa se vende al mejor postor, entonces habremos cruzado un punto sin retorno. Porque cuando el fútbol deja de pertenecer a quienes lo sienten, y pasa a manos de quienes solo lo monetizan, no estamos frente a una modernización. Estamos frente a una pérdida cultural. Y cuando todo esté dicho y firmado, Infantino podrá jactarse de haber reinventado el Mundial. Pero nosotros sabremos que, en realidad, lo único que hizo fue embalsamarlo con corbata y sonrisa de marketing.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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