Dicen que el petróleo es oro negro. Pero en el Perú de Dina Boluarte, Petroperú es más bien un agujero negro… que traga millones, credibilidad y paciencia ciudadana a partes iguales. A junio de 2025, la empresa estatal más mimada por el gobierno registró pérdidas de US$278.2 millones. Sí, leyó bien: casi mil millones de soles en seis meses, mientras la presidenta insiste en que todo va viento en popa —aunque el único viento que sopla es el que cierra los puertos y justifica el desastre. Porque en este país, hasta los oleajes tienen la culpa, menos quienes administran.
Petroperú ya no es una empresa: es una ruina con oficina en Talara. Su balance financiero parece redactado por un guionista de tragedias griegas. Y sin embargo, ahí sigue, sostenida con respirador artificial por un Estado que no tiene dinero para postas médicas ni para contratar más policías, pero sí para seguir alimentando este elefante blanco que nunca aprendió a caminar.
La situación es tan surrealista que hasta el directorio de la empresa —sí, ese club exclusivo donde los ejecutivos cobran sueldos millonarios para pilotar el Titanic— sigue cobrando sin despeinarse. Mientras el país se desangra en inseguridad, hambre y abandono, Petroperú acumula pérdidas como quien colecciona estampillas.
Los responsables culpan a los oleajes, al terminal submarino, a los precios internacionales y —por qué no— al cambio climático. Todo menos a la ineficiencia estructural, al exceso de personal, al clientelismo político, a la corrupción sistémica o al modelo inviable que hace años debió replantearse. La nueva Refinería de Talara, con un costo inflado hasta el absurdo, prometía ser la salvación, pero solo ha refinado una cosa: las excusas.
Y ahí está Dina Boluarte, aferrada a Petroperú como si fuera el símbolo de su gobierno: una maquinaria disfuncional, cara, desgastada y sin rumbo. Un símbolo perfecto. Porque si hay algo en lo que su administración se destaca, es en defender lo indefendible con sonrisas de cartón y cifras distorsionadas. ¿Dónde están los ministros técnicos que prometían soluciones?. Ah, sí… probablemente ocupados revisando los estados financieros con una lupa mágica que convierte pérdidas en “inversiones de largo plazo”.
Petroperú es el espejo más brutal del colapso estatal que vivimos. No es solo una empresa quebrada: es una declaración de principios. En un país donde todo se cae a pedazos —educación, salud, seguridad, gobernabilidad—, el gobierno insiste en sostener un proyecto petrolero sin dirección, sin liquidez y sin futuro. La diferencia es que esta vez no se trata de ideología ni de nacionalismo: se trata de testarudez, de necedad con plata ajena, de aferrarse a un cadáver económico con la esperanza de que algún día resucite.
Reflexión final
Petroperú es más que una empresa: es el emblema de un Estado que no aprende. Mientras sus pérdidas se acumulan y sus promesas se disuelven, seguimos echando combustible a un incendio financiero que no tiene cuándo apagarse. Y lo peor no es la deuda, sino la ceguera voluntaria. Porque mientras Dina Boluarte proclama estabilidad y progreso, el país se hunde en un mar de cifras rojas, discursos vacíos y pasividad alarmante.
En este drama nacional, Petroperú no es la excepción: es la norma. Y así como va, pronto no quedará ni petróleo… ni país.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
