¿Para qué jugar en el parque, conversar en familia o explorar el mundo con curiosidad si puedes entregarle un smartphone a un niño y convertirlo, desde temprana edad, en un adulto agotado de 20?. En el Perú —ese país donde la educación es decorativa y la salud mental un lujo— hemos descubierto una nueva pedagogía nacional: que la pantalla eduque, calme, entretenga y, si se puede, anule. Total, mientras el niño no llore y no moleste, que se pierda entre notificaciones y filtros. El nuevo pacificador familiar no es la palabra: es el Wi-Fi.
Un estudio encabezado por Tara Thiagarajan, científica de Sapien Labs, analizó la salud mental de más de 100 mil personas nacidas entre 1996 y 2007. ¿El hallazgo?. Contundente: recibir un celular antes de los 13 años afecta gravemente el bienestar psicológico de los jóvenes. Pensamientos suicidas, impulsividad extrema, inseguridad corporal, baja autoestima, dificultad para regular emociones, apatía… Y eso solo es el principio.
Pero en el Perú, lejos de alarmarnos, hemos decidido normalizarlo. ¿Qué mejor idea que regalarle a un niño el último iPhone como premio por pasar de año con tres cursos en recuperación?. ¿Y por qué no dejarlo libre en TikTok mientras mamá y papá hacen scroll infinito en Instagram?. Aquí, la crianza se terceriza al algoritmo y el vínculo afectivo se reduce a compartir memes en grupo familiar.
Mientras la evidencia científica grita, el Estado silba mirando al cielo. ¿Dónde están el Ministerio de Educación y el de la Mujer?. ¿Qué políticas públicas existen para regular la exposición temprana a pantallas?. Ninguna. ¿Qué campañas preventivas se impulsan en colegios o centros de salud?. Cero. ¿Qué hace el Congreso ante una emergencia silenciosa que está incubando una generación frágil, desregulada y emocionalmente desconectada?. Lo de siempre: nada. La prioridad está en blindar a sus miembros y no a los menores.
Y claro, las grandes tecnológicas —esas compañías que diseñan sus apps para enganchar más que el azúcar o la cocaína— se frotan las manos. Nadie las regula. Nadie les exige responsabilidad. Nadie las obliga a transparentar los impactos de sus productos en la salud mental. En cambio, lanzan herramientas de “control parental” que son más difíciles de entender que un trámite en Reniec. En resumen: ganan millones, mientras padres y Estado pierden el control.
Las consecuencias no son hipotéticas: son actuales. Niñas de 11 años con crisis de ansiedad por no verse como influencers. Niños de 12 con acceso ilimitado a pornografía. Adolescentes adictos al like y aterrados por el silencio. Familias que comparten techo, pero no conversaciones. Infancias que dejaron de ser etapas para convertirse en vitrinas de consumo.
¿Y cuál es la respuesta oficial?. “Cada familia decide”. Una frase que suena a libertad pero en realidad es abandono institucional. Porque si la nicotina, el alcohol y el juego tienen edad mínima legal, ¿por qué no los smartphones?. ¿O es que el daño psicológico no se nota tanto porque no deja moretones visibles?.
Estamos criando nativos digitales sin brújula emocional. Menores que saben editar videos pero no identificar un abuso. Que dominan redes sociales pero no conocen sus propios límites. Que han aprendido a mostrarse en línea, pero no a estar presentes en la vida real. Y todo porque el Estado renunció a guiar, los padres se rindieron a la comodidad, y la sociedad prefirió el silencio al conflicto.
Reflexión final
Si no regulamos el acceso temprano a smartphones, si no educamos digitalmente desde la infancia, si no asumimos como sociedad que criar va más allá de “entretener”, estaremos incubando una crisis de salud mental mucho más grave que cualquier pandemia. Porque no se trata de satanizar la tecnología, sino de humanizar su uso. Y eso requiere voluntad, políticas públicas, presencia adulta y coraje para decir: no, todavía no estás listo para un mundo donde ni los adultos saben cómo sobrevivir.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
