En el Perú, la diversidad es peligrosa… al menos en las tribunas. Por eso, mientras en otros países el fútbol vibra con dos hinchadas que chocan en un espectáculo de pasión y aliento, aquí preferimos la monocromía emocional: partidos con una sola barra. No por estética, ni por logística, sino por simple incapacidad. En nombre de la seguridad, hemos domesticado el fútbol y expulsado al rival. La consigna del Estado parece clara: que ruja solo el local y que el visitante se quede en casa viendo por televisión.
El país donde el hincha visitante es ilegal. La solución peruana a la violencia en los estadios fue una obra maestra del facilismo criollo: prohibir a la hinchada visitante. No educar, no planificar, no controlar… simplemente prohibir. Y así, el clásico, el duelo regional, la fecha clave, se juegan con tribunas partidas: una llena, otra vacía. O mejor dicho, una latiendo, otra silenciada.
El argumento oficial: evitar enfrentamientos. La traducción real: evitarse el trabajo. Porque organizar operativos de seguridad, diseñar rutas diferenciadas, coordinar con los clubes y garantizar una experiencia segura para todos… eso requiere esfuerzo. Y en el Perú, esfuerzo y autoridad rara vez coinciden.
Los ministros del Interior —de turno, de paso y sin memoria— optaron por lo más cómodo: que se juegue con una sola hinchada. Y los clubes, fieles a su vocación de sumisos, aceptaron. Y la FPF, como siempre, miró al costado. Nadie alzó la voz por el hincha visitante, ese que también paga, que también siente, que también construye la historia del fútbol.
Para completar el cuadro, al único grupo que sí puede entrar —la barra local— se le trata como sospechoso: cacheos vejatorios, decomiso de correas, tocamientos indebidos y revisiones dignas de un penal de máxima seguridad. ¿Así se trata al motor emocional del fútbol peruano?. ¿Ese es el respeto que merece el hincha que mantiene vivo el espectáculo?.
En lugar de enfrentar el problema, lo escondemos. En lugar de educar, censuramos. En lugar de mejorar la gestión, amputamos la esencia. El fútbol peruano se juega con miedo, no con pasión. Se administra con prohibiciones, no con inteligencia. Y lo peor: se ha normalizado este modelo mediocre. Nadie lo cuestiona. Nadie se indigna. Nadie actúa.
El espectáculo se reduce a una sola voz, una sola bandera, un solo grito. Pero el fútbol no es monólogo: es diálogo de pasiones, es duelo de emociones, es convivencia conflictiva, sí, pero también profundamente humana.
Reflexión final
En otros países se juega con ambas hinchadas. Se puede. Se hace. Se logra. Porque hay planificación, hay voluntad y hay respeto por el hincha como ciudadano, no como amenaza. Aquí seguimos anclados en la lógica del mínimo riesgo y el máximo absurdo.
Ya es hora de cambiar el libreto. Que el Ministerio del Interior y las instituciones deportivas asuman su responsabilidad. Que trabajen en conjunto. Que aprendan de los países que sí lo hacen bien. Porque mientras sigamos excluyendo a la mitad del alma del fútbol, no esperemos estadios llenos de verdad, ni emociones completas. El fútbol peruano necesita más colores. Y menos miedo.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
