Santa Rosa: La triple frontera con 14 policías y una balsa vieja

En el Perú, la soberanía es como un diploma colgado en la pared: reluce para las fotos, pero no sirve para curar enfermedades, educar niños ni frenar el hambre. Santa Rosa es peruana, repiten con orgullo en Lima, como si repetirlo mil veces reemplazara la presencia real del Estado. Y sí, la isla está dentro de nuestros límites según tratados y mapas oficiales, pero en la práctica vive más cerca de Leticia (Colombia) o Tabatinga (Brasil) que de un gobierno que, salvo cuando hay un roce diplomático, la recuerda poco o nada. En este escenario, Dina Boluarte ha encontrado su oportunidad de oro: disfrazar de fervor patriótico lo que no es más que una cortina de humo para tapar un país que se desmorona en inseguridad, pobreza y desconfianza.

Santa Rosa está en el corazón de la triple frontera amazónica, un punto geopolítico clave donde confluyen comercio, migración, cultura… y narcotráfico. Desde allí, el Estado peruano ejerce una “soberanía simbólica” que se reduce a izar banderas una vez al año y enviar un par de patrullas navales para la foto. La realidad es otra: 14 policías en toda la zona, de los cuales 10 hacen malabares entre investigación criminal, control de tránsito, violencia familiar y operativos contra redes delictivas que operan con más recursos que el propio Estado.

El jefe de la comisaría de Caballococha, alférez PNP Renzo Choquepata, lo resume sin adornos: su único bote tiene 30 años y se malogra seguido; no hay motores potentes, ni combustible suficiente para perseguir a las lanchas de los narcos. “En una persecución nos llevan de encuentro”, confiesa. El internet, un servicio básico para coordinar operaciones, lo pagan los propios policías de su bolsillo.

El presupuesto para seguridad en Yaraví es de apenas S/ 337 mil, y el presupuesto municipal ha caído de S/ 10,2 millones en 2021 a S/ 6,5 millones en 2025. Esto en una zona donde el narcotráfico, el contrabando, el robo agravado y la trata de personas son el pan de cada día. Incluso la prometida base antidrogas del Depotad, instalada para reforzar el control, se ha convertido en un elefante blanco: sin recursos, sin logística y sin impacto real.

Mientras tanto, en Palacio, la narrativa es otra. Boluarte iza banderas, agradece a las Fuerzas Armadas y promete defender “cada centímetro” del territorio. Pero no menciona que en Santa Rosa no hay hospital, que las escuelas sobreviven con docentes mal pagados y sin materiales, o que muchas familias dependen de servicios médicos y de abastecimiento que llegan desde Colombia o Brasil. En un pragmatismo doloroso, algunos habitantes tienen documentos de identidad de países vecinos, porque allí al menos encuentran lo que el Perú les niega.

Y no es solo Santa Rosa. Lo mismo ocurre en Purús (Ucayali), en San Lorenzo (Loreto), en Saramiriza (Amazonas). Las fronteras del Perú están llenas de “territorios fantasma” para el poder central: invisibles hasta que un presidente extranjero, como Gustavo Petro, suelta una declaración incómoda. Entonces, todo el aparato estatal se moviliza… no para resolver problemas de décadas, sino para armar una puesta en escena.

Esta tensión con Colombia es funcional para ambos mandatarios. Petro gana protagonismo interno; Boluarte se aferra a un guion que le permite vestirse de estadista mientras su aprobación apenas sobrevive y el país se ahoga en crimen, minería ilegal, inflación y desnutrición infantil. Santa Rosa es, en este libreto, la locación perfecta para una telenovela política donde la trama real —la ausencia del Estado— jamás se resuelve.

Santa Rosa no es un caso aislado: es el espejo de nuestra política fronteriza. El Perú solo aparece con banderas y tropas cuando la soberanía se ve amenazada en el discurso. Cuando no hay conflicto, la atención se evapora, el presupuesto se recorta y la vida cotidiana vuelve a depender de la improvisación y la resistencia de la gente.

Reflexión final
Defender un territorio no es solo ganar un litigio diplomático: es garantizar que su gente viva mejor que cruzando la frontera. Hoy, Santa Rosa sobrevive gracias a sus habitantes, no por la acción de su gobierno. Mientras sigamos confundiendo soberanía con marketing político, el Perú seguirá produciendo “Santa Rosas” olvidadas, que solo existirán en la conciencia nacional cuando un nuevo conflicto active las cámaras y los discursos. Y entonces, como siempre, será demasiado tarde.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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