Donald Trump compara criminalidad de Washington con Lima

Donald Trump, desde la Casa Blanca, comparó la criminalidad en Washington D.C. con “los peores lugares del mundo” y, entre ellos, mencionó a Lima. Lo hizo con cifras oficiales en mano: 7,7 homicidios por cada 100,000 habitantes en 2024, un aumento de casi cuatro puntos en los últimos cinco años. El dato no es un invento extranjero, es estadística nacional. El golpe no está en la comparación, sino en lo que revela: un país tomado por organizaciones criminales, sin un plan contra la delincuencia y con un gobierno que ni siquiera tiene un plan general de conducción del Estado.

Que Lima figure en ese ranking no debería indignarnos por la fuente, sino por la veracidad. El Perú vive bajo el control de redes criminales que han colonizado barrios, mercados, rutas comerciales y hasta instituciones públicas. Extorsión, secuestro, sicariato, cobro de cupos… no son excepciones, son prácticas instaladas en la vida diaria.

Frente a este panorama, el gobierno de Dina Boluarte ha mostrado una inercia alarmante. No hay un plan de gobierno que marque el rumbo del país y, menos aún, una estrategia articulada contra la criminalidad. Lo que hay son operativos aislados para las cámaras, mientras el crimen organizado avanza y consolida su poder en regiones y capital.

Trump usó las cifras para justificar la intervención federal en la policía de Washington y el despliegue de la Guardia Nacional. Puede gustar o no su estilo, pero la diferencia es clara: allá, las cifras activan medidas. Aquí, apenas generan declaraciones. El dato de Lima —7,7 homicidios por cada 100,000 habitantes— parece modesto frente a otras capitales, pero su tendencia ascendente y su vínculo con mafias estructuradas debería encender todas las alarmas.

La expansión de la violencia en el Perú no es solo estadística. Es un proceso en el que el crimen organizado ha penetrado hasta el tejido político. La ausencia de un plan de seguridad integral permite que las organizaciones criminales operen con una impunidad que ya no es disimulada. En ese contexto, que un presidente extranjero ponga a Lima como ejemplo negativo es apenas la confirmación pública de lo que vivimos a diario.

Que Trump nos compare con “los peores lugares del mundo” no es el problema. El problema es que el gobierno de Dina Boluarte no tenga una respuesta sólida que contrarreste ni la percepción ni la realidad. Sin un plan contra la criminalidad, la estadística seguirá subiendo y la etiqueta de ciudad peligrosa dejará de ser un comentario ajeno para convertirse en nuestra carta de presentación.

Reflexión final
El Perú no necesita que un mandatario extranjero nos recuerde dónde estamos; basta con recorrer nuestras calles para saberlo. El país está tomado por organizaciones criminales y el Estado, en lugar de responder con estrategia y firmeza, improvisa y sobrevive. Mientras el desgobierno persista y no exista un plan real contra la delincuencia, la violencia seguirá marcando el paso… y Lima seguirá apareciendo en listas que ningún peruano querría ver.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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