Mundial 2026 y el extremo control migratorio de Donald Trump

A 330 días del Mundial 2026, la pregunta que flota no es quién levantará la copa, sino quién logrará pasar el control migratorio sin quedar fuera de juego. La FIFA promete “la fiesta global más grande de la historia” con 48 selecciones, millones de visitantes y tres países anfitriones. Pero en el centro del espectáculo aparece un protagonista inesperado: las políticas migratorias de Donald Trump y el eterno dilema entre derechos humanos y negocio. Human Rights Watch y la ACLU ya lo dijeron sin rodeos: si las cosas siguen así, la fiesta puede convertirse en un embudo de prohibiciones, controles abusivos y estadios llenos de butacas vacías.

Infantino sonríe como vendedor de feria global: habla de unión, diversidad e inclusión. Pero mientras posa para las cámaras, recibe cartas incómodas. Organizaciones civiles de peso le han recordado que el fútbol no se juega solo en la cancha: también en las fronteras, aeropuertos y salas de inmigración. La advertencia es concreta: las políticas endurecidas desde la segunda investidura de Trump, los operativos abusivos del ICE y las restricciones arbitrarias han generado miedo generalizado.

Y el dato es demoledor: se esperan 2,6 millones de visitantes internacionales en Estados Unidos para la cita orbital. Esa cifra, que debería ser motivo de orgullo, se convierte en motivo de alarma si cada hincha se transforma en sospechoso de oficio, si cada pasaporte se examina como si escondiera dinamita, o si cada acento distinto despierta recelo. En lugar de vivir una experiencia inolvidable, los aficionados podrían enfrentarse a la pesadilla de interrogatorios, deportaciones y burocracia kafkiana.

La contradicción es grotesca: la FIFA vende un Mundial “universal”, pero su socio principal en esta edición coloca muros, filtros y prohibiciones. El fútbol debería ser un idioma sin fronteras, pero en 2026 habrá traductores simultáneos en migraciones para explicar por qué un hincha africano, latino o árabe no pasa del check-in. Filadelfia, sede histórica, puede terminar recordada no por sus goles, sino por sus retenes.

¿Y qué hará Infantino? ¿Pedir un VAR especial para revisar cada deportación injusta? ¿O inventar la categoría de “hincha en posición adelantada” porque no tiene visa aprobada? La FIFA, que tanto presume de “Fair Play”, guarda un silencio cómplice frente a un partido político que amenaza con dejar fuera a miles de espectadores.

El Mundial 2026 corre el riesgo de ser el torneo de las contradicciones: más equipos, menos calidad competitiva; más discursos de inclusión, más exclusión real; más millones en la caja, menos derechos garantizados. La FIFA ha demostrado que es implacable para exigir que un césped esté listo al milímetro, pero incapaz de exigir garantías mínimas para los aficionados que harán posible la fiesta. El fútbol, que debería unir pueblos, puede terminar siendo rehén de un control migratorio en versión 4K.

Reflexión final
A 330 días, queda claro que el verdadero rival del Mundial no será Brasil, Argentina o Francia, sino el muro invisible —y a veces muy visible— de la política migratoria estadounidense. Infantino podrá llenar titulares hablando de récords de audiencia y de diversidad en el campo, pero si no intercede, el Mundial 2026 pasará a la historia no por los goles memorables, sino por los hinchas eliminados en la primera ronda… la de migraciones. Porque aquí la pregunta no es quién será campeón, sino quién logrará entrar al estadio sin que lo marque de cerca la patrulla fronteriza.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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