Los Juegos Bolivarianos Lima-Ayacucho 2025 contra el reloj

El deporte debería ser símbolo de orgullo nacional, vitrina de integración y motor de desarrollo. En el Perú, lamentablemente, se convirtió en otra postal de improvisación. A tres meses de inaugurar los Juegos Bolivarianos Lima–Ayacucho 2025, el Gobierno transfiere S/304,5 millones al IPD como quien corre a comprar clavos y pintura el mismo día de la mudanza. Es increíble y solo pasa aquí: un país que descubre a última hora que organizar un evento internacional no se resuelve con decretos supremos, sino con planificación, visión y gestión. Tres palabras que brillan por su ausencia.

El Ejecutivo presenta la transferencia como una apuesta estratégica, como si hubiera encontrado de pronto la fórmula mágica de la reactivación económica. Con solemnidad, Dina Boluarte y sus ministros estamparon sus firmas en el decreto, como si el papel reemplazara las obras inconclusas. El desglose impresiona: más de 200 millones en bienes y servicios, 85 millones en infraestructura deportiva y 14 millones en transferencias varias. El problema es que esos millones se liberan cuando faltan apenas 90 días para recibir a 4 mil atletas de 11 países. En otras palabras, el dinero se coloca cuando el tiempo ya expiró.

La historia reciente es un espejo. Los Bolivarianos anteriores en Ayacucho fueron un desastre: sedes con menos del 50% de avance, cemento fresco cubierto con lonas, lluvias que convirtieron escenarios en lodazales y trabajadores parchando techos en plena inauguración. Esa improvisación, que debería ser motivo de vergüenza nacional, ahora amenaza con repetirse. Cambia la cifra, aumenta la magnitud del presupuesto, pero la lógica es la misma: se gasta tarde, se ejecuta mal y se maquilla con discursos sobre “legado” y “orgullo deportivo”.

El trasfondo político es inevitable. ¿Qué se busca realmente con estos Juegos? ¿Fortalecer el deporte peruano o maquillar la alicaída imagen presidencial? La sospecha es evidente: Ayacucho vuelve a ser protagonista, no porque sea el mejor escenario, sino porque allí gobierna Wilfredo Oscorima, aliado clave en la sobrevivencia política de Boluarte. Así, los Juegos se convierten en moneda de cambio: no son la fiesta de los atletas, son la vitrina de un poder político que necesita eventos para mostrar gestión donde no la hay.

Mientras tanto, los deportistas siguen entrenando con incertidumbre. Las federaciones reclaman avances, los especialistas señalan la falta de planificación y los escenarios deportivos parecen obras de emergencia en lugar de infraestructura de primer nivel. El Estado responde con promesas y con una mascota oficial, “Chiribaya”, presentada como gran logro, cuando debería ser un detalle simbólico, no la única muestra tangible de avance.

El contraste con lo que se espera es doloroso. Se habla de reactivación, turismo y empleo, de hoteles y restaurantes beneficiados, de nuevas canchas y escenarios que quedarán como legado. Pero el recuerdo inmediato son los techos parchados, los cables expuestos y los atletas compitiendo en recintos que parecían levantados con apuro. Más que legado, lo que queda son ruinas modernas que nadie mantiene, gimnasios abandonados y promesas políticas que se esfuman con la misma rapidez con la que se gastan los millones.

Los Juegos Bolivarianos 2025 no serán el escaparate de un país organizado y con visión. Serán otra crónica de una muerte anunciada: millones invertidos a destiempo, obras inconclusas disfrazadas de modernización y un Estado que corre detrás de los plazos como quien improvisa una fiesta con invitados ya en la puerta. El deporte peruano vuelve a ser víctima del cortoplacismo y de un gobierno que entiende la organización como simple propaganda.

Reflexión final
El Perú no necesita más eventos internacionales para la foto. Necesita planificación, gestión y respeto por el deporte como política pública, no como herramienta política. Los Juegos Bolivarianos 2025 quedarán en la memoria no por las medallas ganadas, sino por la improvisación que los antecede. Y cuando se apaguen las luces y los discursos se olviden, quedará la verdadera postal: escenarios parchados, millones evaporados y un país que insiste en tropezar con la misma piedra, celebrando con pompa lo que en realidad es un fracaso repetido.

Edwin gamboa, fundador de la Caja Negra

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