Crisis en el APRA: Más de 11 mil militantes fueron expulsados

Parece que el Partido Aprista Peruano, esa histórica organización que alguna vez fue sinónimo de ideología, masas y poder, ha decidido reinventarse como reality show. Más de once mil militantes han sido expulsados o desaparecidos del padrón oficial, incluyendo figuras de peso como Javier Velásquez Quesquén y Pilar Nores. ¿La razón? Problemas “administrativos”. Lo que suena a pérdida de carpetas en un archivo húmedo es, en realidad, un terremoto institucional. Porque si el APRA —ese partido que se ufana de tradición, doctrina y estructura— no puede ponerse de acuerdo ni sobre quién pertenece o no, ¿qué podemos esperar del resto?.

Más de 11 mil afiliados han sido sacados de circulación como si fueran correos spam. Unos dicen que fue el JNE. Otros, que fue una jugada interna para favorecer a un grupo. Algunos lo llaman “proceso de depuración”; otros, “golpe institucional disfrazado de papeleo”. Lo cierto es que el APRA ha demostrado que puede implosionar sin ayuda de nadie. Ya no necesita adversarios externos: se basta con su propia burocracia, sus egos cruzados y su sed de control.

Pero no nos engañemos: esto no es una rareza. Es solo el tráiler de lo que se viene. Porque si el APRA —con su historia, su base militante y su maquinaria tradicional— está hecho trizas, ¿qué queda para las otras agrupaciones políticas? ¿Esas que se arman con vecinos, primos y exgerentes municipales? ¿Las que inscriben partidos como quien inscribe una bodega con RUC? Si los “grandes” partidos no pueden organizar una elección interna sin matarse entre ellos, ¿qué garantías tienen las alianzas improvisadas que hoy se tejen de cara al 2026?

¿O acaso alguien cree que una coalición entre reciclajes de partidos y aventureros electorales va a lograr consensos donde ni siquiera se toleran entre ellos? Basta revisar los antecedentes: todos quieren liderar, nadie quiere ceder, todos prometen renovación, pero se rodean de rostros más vistos que el noticiero de las 8. Y mientras tanto, el ciudadano observa cómo el sistema político se cae a pedazos… y nadie recoge la escoba.

La situación del APRA es preocupante por lo que representa: si una organización con 100 años de historia no puede sostener un padrón confiable, ¿qué le espera al país cuando estas agrupaciones pidan dirigirlo? ¿Cómo van a garantizar gobernabilidad si no pueden garantizar ni un comité central en paz? ¿Qué credibilidad puede tener un precandidato que ni siquiera sabe si está afiliado?

El problema no es solo el APRA. El problema es que lo del APRA es el espejo de todos los partidos. En el Perú, no hay organizaciones políticas sólidas: hay marcas electorales, clubes personales, franquicias familiares. Se improvisa con candidatos como si se tratara de armar una comparsa: uno que canta bonito, otro que baila en TikTok, otro que fue congresista y quiere volver porque no sabe hacer otra cosa. La política se ha convertido en una feria donde se ofrecen cargos sin estructura, sin plan de gobierno y, peor aún, sin convicción.

Y por si fuera poco, estamos a menos de un año de las elecciones generales. ¿Qué panorama se avecina? Más alianzas sin programa, más peleas internas, más padrón fantasmas, más candidatos con memoria selectiva. Mientras el país exige no más improvisación —ni Castillo, ni Boluarte, ni congresos sin brújula— los partidos responden con caos, purgas y reciclaje.

Reflexión final
El APRA podrá justificarse diciendo que todo es parte de un reordenamiento. Pero una cosa es corregir, y otra muy distinta es convertir la militancia en un campo de guerra interna. Si ni ellos pueden con sus propios papeles, ¿cómo van a administrar los del Estado? ¿Cómo van a representar a alguien si no saben ni a quién representan?

Hoy fue el APRA. Mañana será otra sigla en ruinas. Porque aquí la política no se construye: se improvisa, se repite, se recicla. Y mientras tanto, los ciudadanos seguimos pagando el precio de una clase política que no organiza ni su propio cuaderno de asistencia.
Ya no se trata solo de exigir mejores candidatos. Se trata de exigir partidos que al menos no se autodestruyan antes de llegar al poder. Porque si así administran su padrón…
imagínense el país.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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