En el Perú, la democracia ya no se mide por la calidad de las propuestas, ni por la solidez de los partidos. Se mide por resignación. Y nada resume mejor esa resignación colectiva que la frase maldita, repetida con la misma naturalidad que se compra pan: “Hay que votar por el menos malo”. Es el mantra nacional. El consuelo cívico. La penitencia electoral. Y también, la rendición más cómoda —y peligrosa— que hemos aceptado como ciudadanos.
Votar por el “menos malo” no es una elección. Es una claudicación. Es admitir que el menú siempre será tóxico, pero que uno debe tragar lo que parece menos podrido. Es como ir a un hospital colapsado y elegir al cirujano que tiembla menos la mano. O como elegir entre dos incendios: uno con fuego y el otro con humo.
La frase suena razonable, hasta práctica. Pero esconde una trampa brutal: justifica la mediocridad. La normaliza. La institucionaliza. Bajo ese lema, candidatos sin plan, sin trayectoria, sin ética, pero con buena campaña de TikTok, se convierten en opciones “viables”. Y mientras la decencia política es marginada como si fuera un lujo escandinavo, nosotros jugamos a escoger entre quienes nos van a decepcionar menos.
Los debates se vacían. Los programas de gobierno son copy-paste. Los partidos son franquicias sin ideología. Y los votantes… fatigados, indiferentes, cínicos. No porque no les importe el país, sino porque saben que, al final, votarán no por quien los convenza, sino por quien les asuste menos. Por el que parece “menos malo”. Como si el Perú solo mereciera parches, y no soluciones.
Y lo más triste es que la frase ya ni se discute. Se repite como verdad incuestionable. Como si fuera el reflejo de una madurez política, cuando en realidad es el síntoma de una enfermedad crónica: la de un país que ha perdido el hábito de exigir, de imaginar, de creer que otro camino es posible.
“Votar por el menos malo” no es realismo político. Es derrota anticipada. Es permitir que los mismos de siempre nos sigan gobernando con la misma indiferencia, mientras nosotros cumplimos religiosamente con un rito electoral que ya nadie celebra. Porque cuando uno vota por el “menos malo”, lo que obtiene nunca es lo “menos malo”: es más de lo mismo, pero con nuevo empaque.
Reflexión final
Tal vez ya no sea tiempo de votar por el “menos malo”. Tal vez sea tiempo de dejar de elegir entre males y empezar a construir opciones. De dejar de aceptar lo inaceptable. De mirar la política no como una condena inevitable, sino como un espacio que hay que disputar, sacudir, renovar.
Porque si seguimos votando por el menos malo, el resultado será siempre el más predecible: un país atrapado en la mediocridad, con ciudadanos que votan por miedo, y políticos que gobiernan sin vergüenza. Y entonces, el problema no serán ellos. Seremos nosotros, los que bajamos la vara… y después nos quejamos de lo que cayó.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
