El 12 de abril de 2026 no será una fecha para la esperanza. Será una fecha para el relevo de responsabilidades en un país quebrado. Porque quien resulte “ganador” en esas elecciones no recibirá el bastón de mando, sino una nación hecha trizas, arrastrada por la inercia, corrompida hasta la médula e infestada de violencia, desgobierno e indiferencia. Lo que debiera ser una fiesta cívica es ahora una mudanza al infierno: cambiar de inquilino sin reparar la casa.
Y todo gracias a un legado que no se inscribirá en mármol, sino en carpetas fiscales y portadas policiales: el de Dina Boluarte, la mandataria que administró un país como quien intenta apagar un incendio con gasolina y selfies. Su mandato ha sido tan vacío de rumbo como lleno de complicidades. Y por si fuera poco, secundado por un Congreso que legisla al ritmo del oportunismo y la repartija, mientras la ciudadanía, agotada, sobrevive sin fe, sin futuro y sin representación.
La tarea del próximo jefe de Estado será titánica, ingrata y quizás imposible. Heredará un Estado colapsado y un país a la deriva, donde los poderes públicos se encuentran secuestrados por intereses mafiosos, la seguridad ciudadana está bajo extorsión, y la justicia, cuando aparece, llega tarde, mutilada o manipulada.
El Perú de hoy se descompone a la vista de todos. La criminalidad no solo crece: gobierna territorios enteros. Balaceras en mercados, secuestros por delivery, cobro de cupos en colegios y hospitales, mafias infiltradas en alcaldías, narco-candidatos de campaña. La pregunta ya no es ¿quién nos protege?, sino ¿queda alguien que no esté involucrado?
En paralelo, la salud pública colapsó en silencio, como los hospitales sin insumos, los médicos sin contratos, los pacientes sin esperanza. La educación se convirtió en un experimento cruel de abandono, donde cada vez más niños desertan o aprenden menos. La corrupción no se combate: se administra, se archiva, se normaliza.
Y como si esto fuera poco, no hay salvadores en campaña. Lo que hay es un casting de egos desbordados, viejos conocidos reciclados con nuevo nombre, outsiders improvisados, influencers sin brújula, y partidos políticos que son marcas sin alma, sin base y sin visión. Lo que se avecina no es una elección, sino una tómbola cívica con reglas adulteradas.
El problema no es solo estructural. Es cultural. El sistema se acostumbró a su propia decadencia. La ciudadanía ya no vota con entusiasmo ni con criterio. Vota con resignación. Vota con miedo. Vota por el “menos malo”, como si eso fuera suficiente para sobrevivir al siguiente quinquenio.
Lo que Boluarte dejará no es solo un país abandonado, sino una democracia agónica. Una institucionalidad en coma, un Congreso con anemia ética, una ciudadanía desconectada y un sistema político convertido en un catálogo de estafas con rostro humano.
Al próximo presidente o presidenta le espera una ruta sin mapa, sin equipo y sin credibilidad. Gobernará rodeado de desconfianza, acosado por crisis simultáneas y vigilado por quienes, antes, nunca quisieron ver. Y no bastará con discursos ni poses. Se requerirá reconstrucción moral, política, social, técnica y emocional. Todo al mismo tiempo.
Reflexión final
El 2026 no es una fecha para ilusionarse. Es una fecha para despertar de la anestesia colectiva. Porque si seguimos llamando “voto responsable” a elegir entre desastres maquillados, entonces no estamos participando de una democracia, sino validando su agonía.
No habrá salvador si no hay ciudadanía. No habrá futuro si seguimos normalizando el derrumbe. No habrá reconstrucción si seguimos jugando a la política como si fuera un meme más. El Perú merece más. Pero solo lo obtendrá si elige con rabia, con lucidez y con memoria. Porque el próximo presidente no será el líder de una nación. Será el capataz de una reconstrucción sin planos. Y si no lo entendemos ahora, en cinco años estaremos aquí otra vez, escribiendo el obituario de otra oportunidad perdida.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
