El reloj electoral avanza. Las fechas se cumplen. El calendario se mueve. Pero la esperanza… esa se quedó sin combustible hace varios gobiernos. Mientras el Jurado Nacional de Elecciones actualiza hitos y la ONPE afina simulacros, el país real transita en piloto automático, con el timón amarrado con masking tape y sin nadie lúcido al volante. Se avecinan las elecciones generales del 12 de abril de 2026, y lo único verdaderamente generalizado es la desconfianza. La desafección. El vacío.
El próximo presidente o presidenta no heredará un país: heredará un campo minado sin manual de desactivación. Porque lo que deja Dina Boluarte —con la complicidad silenciosa y funcional del Congreso— no es un gobierno, sino un catálogo completo de ruinas institucionales, sociales y morales. Y aun así, decenas de partidos se pelean por la posta. ¿Valientes? No. Inconscientes.
El 1 de septiembre se activará uno de los hitos clave del cronograma: inscripción de alianzas electorales y modalidad de elecciones primarias. Es decir, el punto de partida para la carrera de disfraces donde los mismos de siempre simulan ser algo nuevo. A la fecha, ya hay 38 agrupaciones listas para competir como si esto fuera una fiesta democrática y no una operación de maquillaje al cadáver de la política.
Los nombres de las alianzas oscilan entre lo risible y lo insultante: “Fuerza y Libertad”, “Unidad Nacional”, “Venceremos”, “Primero la Gente”… todos son un juego de palabras cuidadosamente escogido para no decir absolutamente nada. Como si cambiar el rótulo de un frasco vencido hiciera su contenido menos tóxico.
Mientras tanto, los verdaderos desafíos no están en los debates ni en los mítines. Están en la calle: sicariato, cobro de cupos, desapariciones, extorsión, prostitución infantil, inseguridad sin freno. Y por si fuera poco, hospitales sin oxígeno, colegios sin techos, policías sin chalecos, y fiscales sin respaldo. ¿Quién quiere heredar eso? Y más importante: ¿quién realmente puede?
Pero la tragicomedia electoral no se detiene. Se anuncian debates, primarias, cierre del padrón electoral, sorteo de miembros de mesa… como si la coreografía institucional fuera suficiente para tapar la podredumbre. Como si los tecnicismos salvaran la legitimidad. Como si cumplir con los plazos fuera sinónimo de cumplir con el país.
El próximo jefe de Estado será, más que presidente, el administrador del caos heredado. No recibirá una banda presidencial, sino una camisa de fuerza. Gobernará sobre tierra arrasada, sin mayorías estables, con un Congreso fragmentado y con mafias territoriales incrustadas hasta en las UGEL. No tendrá 100 días de gracia: tendrá 100 días para no hundirse del todo.
Y no nos engañemos. No hay ningún “salvador” en el horizonte. Los nombres que asoman son los mismos sospechosos de siempre, reciclados de gabinete en gabinete, operadores de turno, outsiders oportunistas, y aprendices de autoritarios. Si algún día fue difícil elegir entre el mal menor, hoy la oferta se reduce al mal conocido y el mal peor.
Reflexión final: Votar por inercia, esperar por milagro
Este 12 de abril de 2026 no votaremos con ilusión. Lo haremos con resignación. Elegiremos al menos incompetente, al menos corrupto, al menos peligroso. No porque seamos cínicos, sino porque el sistema nos enseñó que esperar más es ingenuidad. La democracia se convirtió en un mecanismo automático, desprovisto de alma, habitado por fantasmas de ideales que ya nadie recuerda. Así que sí: se vienen elecciones. Habrá candidatos. Habrá alianzas. Habrá debates. Habrá propaganda. Pero esperanza… de esa, ya no queda.
Por Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
