¿Por qué no se vende cerveza en los estadios del Perú? ¿Miedo?

En el Perú la cerveza está vetada en los estadios… salvo que haya concierto. Entonces, mágicamente, desaparece la violencia, se esfuman los riesgos y aparecen las ganancias. ¿Mala suerte?. No. Mala gestión, mala visión y, sobre todo, miedo. En lugar de planificar y regular, las autoridades prefieren prohibir. Y mientras tanto, afuera de los estadios reina el verdadero descontrol: cerveza adulterada en bolsas plásticas, caña al paso, ron reciclado y hasta drogas al alcance de cualquiera. Es decir, adentro se prohíbe para “proteger”, pero afuera se abandona a su suerte.

La venta de cerveza en estadios no es un invento revolucionario ni una locura latinoamericana. Es práctica común en Brasil, México, Colombia, Inglaterra, Alemania o Estados Unidos. En todos ellos funciona con reglas claras: límites por persona, zonas delimitadas, fiscalización real y coordinación entre clubes, autoridades y policía. Pero en Perú, las autoridades prefieren el atajo: prohibir. Porque organizar exige trabajo, visión y coraje; prohibir solo requiere miedo.

La paradoja es insultante. El Estadio Nacional, remodelado con dinero público para el deporte, se convierte en escenario de conciertos donde la cerveza se vende sin restricciones. Ahí nadie dice nada. Ahí no hay discursos de “seguridad ciudadana”. Ahí el negocio manda y el Estado se calla. Pero cuando juega la selección, cuando el hincha paga su entrada para ver fútbol, entonces la cerveza es tratada como dinamita y el hincha como delincuente en potencia.

Los clubes también cargan su cuota de responsabilidad. Prefieren callar y seguir con la mano extendida, esperando ingresos de taquilla o de la televisión, antes que asumir el reto de profesionalizar el espectáculo. No levantan la voz porque es más cómodo vivir en el statu quo que arriesgarse a discutir de verdad con el Estado y la Policía Nacional. Una policía que, dicho sea de paso, repite el mismo discurso de hace veinte años: “la cerveza genera violencia”. Y mientras tanto, son incapaces de controlar la venta informal en las puertas de los estadios, donde todo —absolutamente todo— se ofrece a plena vista.

La contradicción es doblemente absurda: la prohibición no elimina la violencia ni el alcohol, solo traslada el problema al perímetro externo. Afuera no hay controles ni límites; adentro se reprime la experiencia del hincha formal, que termina tratado como sospechoso por el simple hecho de querer consumir una cerveza. Resultado: menos ingresos para los clubes, más espacio para la informalidad, más hipocresía institucional.

La pregunta es sencilla: si Brasil, México, Inglaterra o Alemania pueden vender cerveza en los estadios, ¿por qué Perú no? Porque aquí se gobierna con miedo, no con inteligencia. Es más fácil repetir un mito que asumir una gestión moderna. Es más cómodo prohibir que organizar. Y es más rentable seguir alquilando estadios a conciertos que pensar en el fútbol como espectáculo integral que merece respeto y estrategia.

Reflexión final
No pedimos barra libre. Pedimos liderazgo. Venta con límite por persona, puntos oficiales y fiscalizados, zonas definidas, personal capacitado, coordinación real entre clubes, municipios y Policía Nacional. Lo que falta no es orden, sino voluntad. Lo que sobra es inmovilismo y pereza.

Que el IPD deje de actuar como inmobiliaria de conciertos. Que los clubes despierten y defiendan su derecho a ingresos que podrían reinvertirse en divisiones menores. Que la Policía abandone el discurso fácil y haga lo que debe: garantizar seguridad con profesionalismo. Porque el fútbol peruano y sus hinchas merecen más que prohibiciones ridículas. Merecen un espectáculo digno, moderno y planificado.

Hasta que eso ocurra, seguiremos en la jugada de siempre: un país que prefiere prohibir por ignorancia, vigilar por miedo y gobernar desde la comodidad. El fútbol pierde, los clubes pierden, el hincha pierde. Y la cerveza… se sigue vendiendo, pero en la calle.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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