En España, la piratería audiovisual es tratada como un enemigo directo de la industria. LALIGA calcula pérdidas de hasta 700 millones de euros al año y responde con inteligencia artificial, operaciones internacionales y marcos legales cada vez más estrictos. Mientras tanto, en el Perú la piratería del fútbol se consume como parte del menú habitual, sin control, sin sanciones y con la complacencia de autoridades que parecen más cómodas en el silencio que en la acción. La pregunta es inevitable: ¿cuánto futuro puede tener nuestro fútbol si se sigue regalando su principal fuente de ingresos?.
El fútbol profesional vive de la venta de sus derechos audiovisuales. Cada partido transmitido legalmente representa ingresos que sostienen a clubes, ligas, selecciones y categorías menores. Cuando la señal se roba y se retransmite ilegalmente, no solo se pierde dinero: se pierde la posibilidad de formar jugadores, de pagar infraestructura y de construir un fútbol competitivo. Eso lo entienden en España, donde cada encuentro pirateado se traduce en menos inversión y menos recursos para el sistema.
En el Perú, en cambio, la situación es una caricatura. Páginas piratas transmiten la Liga 1, partidos de la selección y torneos internacionales a plena vista, promocionándose en redes sociales como si fueran socios oficiales. Miles de hinchas se conectan, celebran y hasta aplauden la “viveza criolla”, mientras los clubes siguen al borde de la quiebra. Indecopi, el Ministerio del Interior y la Policía Nacional brillan por su ausencia. Los dirigentes callan, incapaces de generar una estrategia seria para proteger el producto que dicen defender.
El contraste con España es brutal. Allá, la piratería se persigue con tecnología de vanguardia y operaciones conjuntas con Europol e Interpol. Aquí, la piratería se normaliza. Afuera de los estadios se vende cerveza adulterada y drogas sin control, y en el mundo digital se vende fútbol robado con el mismo nivel de impunidad. La consecuencia es clara: menos ingresos para los clubes, menos inversión en divisiones menores, menos competitividad internacional.
El impacto económico es devastador, aunque aquí ni siquiera existan cifras oficiales. Basta mirar la realidad: clubes endeudados, contratos televisivos devaluados, ligas sin atractivo y selecciones hundidas en el sótano continental. Mientras tanto, los mismos dirigentes que permiten esta informalidad se llenan la boca hablando de “proceso” y “crecimiento”. En realidad, se han resignado a administrar la miseria.
La piratería no es un problema secundario: es la soga que asfixia al fútbol peruano. Cada partido visto en una página ilegal es un gol en contra para el futuro. En España lo entendieron y actúan. En Perú lo entendemos, pero preferimos mirar hacia otro lado. La complicidad del Estado, la indiferencia de los dirigentes y la pasividad de la hinchada condenan al fútbol a seguir en la precariedad.
Reflexión final
El fútbol no puede sostenerse en base a discursos y nostalgias, necesita ingresos reales y estables. Mientras España combate la piratería con tecnología y coordinación internacional, en Perú la señal se roba a plena vista y nadie se inmuta. Así, no habrá plan, ni proyecto, ni generación que nos salve. El fútbol peruano seguirá siendo pobre porque a nadie le importa defender lo poco que genera. Y mientras se aplaude la piratería como un acto de “viveza”, lo único que se roba en realidad es el futuro del fútbol.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
