El fútbol sudamericano parece atrapado en un laboratorio donde los dirigentes juegan a ser científicos: cada año, un nuevo experimento. El último, la propuesta de Alejandro Domínguez con el guiño complaciente de Gianni Infantino: crear una Liga de Naciones de la CONMEBOL tras el Mundial 2026. La excusa es mantener a las selecciones activas. La realidad: más partidos, más derechos de televisión, más ingresos y más favores políticos. Todo, menos calidad. Como si no fuera suficiente, el panorama internacional ya está inflado: el Mundial 2030 tendrá 64 selecciones, más de 100 partidos y se jugará en 6 países y tres continentes. El espectáculo global convertido en un monstruo itinerante, y Sudamérica sumándose con otro torneo que amenaza con vaciar de esencia al fútbol.
El argumento oficial es casi un insulto a la inteligencia. Como Argentina, Uruguay y Paraguay estarán clasificados de manera automática al Mundial 2030 por ser anfitriones de partidos inaugurales, la CONMEBOL necesita “darles competencia oficial”. ¿La solución? Fabricar una liga con dos divisiones: el grupo de los grandes —Brasil, Argentina, Uruguay, Colombia y Ecuador—, y el grupo de los “aspirantes” —Chile, Perú, Venezuela, Bolivia y Paraguay—. Ascensos y descensos incluidos, como si se tratara de una liga de clubes. Un diseño artificial que poco aporta al verdadero crecimiento del fútbol y mucho a la contabilidad de la CONMEBOL.
No es coincidencia. Cada torneo nuevo significa contratos millonarios, patrocinios globales y más votos en la política futbolera. Infantino gana poder en la FIFA, Domínguez fortalece su red en Sudamérica y las federaciones nacionales reciben las sobras del banquete. ¿El fútbol? Ese es el último invitado de la mesa. Los jugadores serán exprimidos en calendarios imposibles, los hinchas pagarán por ver partidos irrelevantes y las Copas históricas, como la América, quedarán relegadas a un rincón en el calendario.
El caso peruano es la muestra más clara de la incoherencia. Un país con clubes endeudados, divisiones menores abandonadas y sin un plan serio de formación, tendrá la “oportunidad” de competir en un torneo inventado. ¿La ilusión? Jugar por no descender de la “segunda división de selecciones”. ¿El resultado? El mismo: sin liga competitiva, sin infraestructura y con una selección que seguirá dependiendo de milagros aislados.
Y mientras tanto, el Mundial 2030 se expande hasta lo absurdo. Se jugará en seis países y tres continentes: España, Portugal y Marruecos como sedes principales, con partidos inaugurales simbólicos en Uruguay, Argentina y Paraguay. Una Copa del Mundo convertida en franquicia global, inflada hasta perder su sentido original. El torneo más difícil de clasificar se transformó en el más fácil de alcanzar, y el más prestigioso, en el más saturado.
La supuesta “Liga de Naciones sudamericana” no es innovación ni modernización: es otra jugada política para mantener ingresos y favores. Un torneo diseñado para maquillar la incoherencia de la FIFA y la CONMEBOL con el Mundial 2030, que se jugará en seis países y tres continentes con 64 selecciones. La verdadera esencia del fútbol competitivo —esa que hizo de las Eliminatorias sudamericanas un orgullo mundial— está siendo reemplazada por un calendario saturado de torneos de cartón.
Reflexión final
El fútbol sudamericano no necesita más inventos, necesita recuperar la mística y la seriedad. Pero mientras Domínguez e Infantino sigan diseñando torneos como quien fabrica envases descartables, la región seguirá hipotecando su historia por millones y contratos televisivos. La Liga de Naciones CONMEBOL será vendida como progreso, pero quedará en la memoria como otra pieza más en la colección de experimentos que mataron el alma del fútbol.
Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra
