Elecciones: franja electoral con influencers, tiktokers e instagramers

La ONPE ha tenido una revelación mística: en el Perú del 2026, los votos no se ganan con ideas, se ganan con “likes”. Y como en este país siempre encontramos formas creativas de trivializar lo poco que queda de institucionalidad, ahora nuestra franja electoral será un carnaval de influencers, tiktokers e instagramers. Eso sí, con más de 100 mil seguidores, aunque sea por subir videos bailando en el cementerio o mostrando “tips para superar la corrupción… con yoga”. Porque claro, si ya nadie cree en los partidos, ¿por qué no ponerle un filtro de perrito a la democracia?

ONPE ha decidido modernizar el proceso electoral. ¿Cómo? Con la brillante idea de que los nuevos vehículos de información política serán cuentas de Instagram, TikTok y YouTube. ¿Experiencia en políticas públicas? ¿Ética? ¿Formación? No, gracias. Aquí basta con tener miles de seguidores y “engagement”. Así que si tu contenido habitual es hablar de tu ex, promocionar cremas milagrosas o grabarte llorando por una ruptura mientras haces lipsync de Shakira: estás calificado para recibir plata del Estado. La democracia te necesita.

¿Los requisitos? Nadie los entiende del todo. ¿Habrá filtro de calidad? ¿De contenido? ¿Se excluirán a los que promueven teorías terraplanistas, criptosectas o discursos de odio? ¿Las cuentas de OnlyFans también podrán “informar al elector” mientras anuncian sus descuentos de domingo? ¿Participarán entidades públicas con millones de seguidores que gastan en publicidad lo que no invierten en salud?

La ONPE también lanzó nuevas “restricciones” al uso de dinero público por los partidos. Ya no se podrá contratar sentenciados por delitos financieros ni empresas del entorno familiar. ¡Valientes! El país donde se roban hasta el cable HDMI de los ministerios ahora descubre que “no es bueno” contratar delincuentes con dinero del pueblo. Próxima novedad: el agua moja.

Pero volvamos al circo de los influencers. La democracia peruana, ya convaleciente, ahora será influenciada por el algoritmo. Un sistema donde la viralidad pesa más que las ideas y donde un candidato que ni sabe leer un presupuesto podrá figurar si consigue que el influencer de moda le baile una cumbia en TikTok con la frase: “¡Sí se puede!”

Mientras tanto, los medios serios (los pocos que quedan) serán desplazados por youtubers de conspiraciones, tiktokers de horóscopos, y streamers que apenas saben conjugar verbos. Pero como tienen seguidores, engagement y “buena onda”, recibirán plata del Estado. ¿Alguien pidió una distopía? Llegó por delivery.

Esto no es solo una anécdota absurda más. Es el síntoma de una enfermedad terminal: la banalización total de la política. ONPE no está reformando la democracia, la está empacando en papel regalo digital para que parezca cool mientras se desintegra. Es como prender incienso en un basural: huele lindo un ratito, pero el desastre sigue ahí.

Y cuando explote el escándalo —porque va a explotar— diremos que nadie lo vio venir, que fue “una buena intención”, que “faltó regulación”, que los influencers no entendieron su rol, que los partidos abusaron (otra vez). Pero la verdad es simple: esta es una bomba disfrazada de estrategia de marketing. Y el resultado, como siempre, lo pagará el elector desinformado, manipulado y cada vez más resignado.

Reflexión final
Dina Boluarte, por cierto, sigue sentada en Palacio, viendo el TikTok del país derrumbarse a ritmo de reguetón. Gobierna como quien deja la olla en la hornilla encendida y se va de viaje: sin plan, sin rumbo y sin responsabilidad.

Cuando por fin se largue, dejará un Estado en ruinas, una institucionalidad desfigurada y una ciudadanía que ya ni siquiera espera milagros, solo memes. Y en ese panorama desolador, la ONPE cree que unos likes pueden salvarnos.

Pero la verdad es otra: esto ya no es una elección. Es un reality show. Y tú, querido lector, no eres el protagonista… eres el financista.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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