¡Atención Perú! Prepárense para el casting más grande del milenio: 13,240 cargos estarán en juego en las elecciones del 12 de abril de 2026. Un verdadero talent show político donde se elegirá desde presidente hasta consejeros regionales, pasando por alcaldes, regidores y quizá, con algo de suerte, a alguien que sepa usar una calculadora sin robar.
La ONPE, el JNE y todos los actores del folclore electoral ya afilan sus lápices, y los partidos —esos clubes de autoayuda con sello legal— se preparan para inundarnos de promesas recicladas, jingles pegajosos y selfies en mercados donde jamás volverán a pisar. Y nosotros, los electores, una vez más, seremos los extras no remunerados de esta tragicomedia nacional.
Nunca antes en la historia reciente del Perú se había votado por tantas personas. 13 mil aspirantes a un cargo público. Una cifra que podría parecer una fiesta de la democracia, pero que más bien huele a estampida de oportunistas. La mayoría, reciclados de derrotas pasadas, improvisados con cuentas de TikTok y promesas de “cambio” con fotocopia vencida.
A este menú se suman los “independientes” que jurarán no tener pasado político, aunque su apellido aparezca en planillas desde la era de Fujimori. Y los influencers, por supuesto, que cambiarán los tutoriales de maquillaje por tutoriales de cómo “reconstruir el país desde las bases”. La democracia ahora se mide en likes, reels y la cantidad de seguidores en Instagram que puedan convencerte de votar entre un reto viral y un video de perreo.
Y lo más irónico es que este tsunami electoral ocurre en un país con una de las mayores desconfianzas políticas del continente. Según las encuestas, más del 80 % de la población no cree en los partidos, pero el 100 % deberá votar por ellos. Una especie de ruleta rusa donde los candidatos se multiplican y la esperanza decrece.
Mientras tanto, Dina Boluarte seguirá en Palacio hasta el cambio de mando, como si nada pasara, asegurándose de dejar el poder con un país más fragmentado, más escéptico, y con más escombros institucionales que los que recibió. No es una presidenta: es una página en blanco que firmó decretos, viajó sin rumbo y gobernó a control remoto desde la indiferencia.
Los partidos —si es que aún se les puede llamar así— ya están en campaña: la lucha por la alcaldía de tu distrito incluirá desde combos de arroz con pollo con volante, hasta promesas de asfaltar el río Rímac. No faltarán los spots donde se culpa al gobierno anterior (o al clima) de todo lo que no se ha hecho. Y lo peor: muchos candidatos verán estas elecciones como un trampolín al Congreso del 2031. Porque acá nadie quiere arreglar nada: todos quieren sobrevivir al siguiente quinquenio.
El 2026 no será un año electoral, será una prueba de resistencia ciudadana. Elegiremos a 13 mil autoridades entre una fauna política saturada de mediocridad, clientelismo y Photoshop. Y lo haremos sabiendo que, al final del día, casi ninguno de esos cargos vendrá con manual, vocación o un mínimo de ética.
Elegiremos, sí. Pero no por convicción, sino por inercia. No por ideales, sino por descarte. Porque en este Perú deformado, el voto se ha convertido en el último simulacro de participación cívica antes de volver a la rutina de indignación sin consecuencias.
Reflexión final
Nos dijeron que la democracia era elegir. Y vaya que elegiremos. Pero en medio de tanta opción, lo que falta no es papeleta: lo que falta es país. Un país donde los cargos públicos no sean trofeos de guerra, ni las campañas carnavales para idiotas útiles. Un país donde votar no sea un acto de resignación, sino de transformación.
Pero mientras tanto, seguiremos asistiendo al mismo espectáculo de siempre, con más actores, más escenografía y menos esperanza. Porque en el Perú del 2026, habrá más candidatos que soluciones, más discursos que planes, y más electores que creen que cambiar algo es volver a elegir a los mismos de siempre… pero esta vez con filtro.
Edwin Gamboa
Fundador de la Caja Negra
