En el Perú todo es un espejismo: los políticos venden esperanzas que nunca llegan, los ministerios venden planes que jamás se cumplen y, para no quedarse atrás, las farmacias y supermercados venden juventud eterna en botellas con etiquetas de “células madre”. Y como si fuera parte del guion, el Indecopi aparece como siempre: tarde, lento, reactivo… como ese árbitro que pita penal en el minuto 95, cuando ya el partido está perdido. La ironía es brutal: el Estado que debería protegernos de la estafa institucionalizada termina actuando como un notario de fraudes.
La Comisión de Fiscalización de la Competencia Desleal abrió once investigaciones contra farmacias y supermercados que promocionaban productos con supuestas propiedades regenerativas. Champús que prometen detener la calvicie, cremas que ofrecen piel radiante y tratamientos que juran devolver elasticidad a los tejidos. Todo bajo el empaque de la “ciencia” y la magia del marketing. ¿El resultado? Miles de consumidores comprando ilusión al precio de oro, mientras las empresas se llenaban los bolsillos.
Y aquí la joya del absurdo: se habló de “células madre vegetales”. Sí, como si frotarse la cabeza con extracto de manzana o lechuga fuera suficiente para detener la caída del cabello o revertir el envejecimiento. Un cirujano lo explicó sin rodeos: esas células sirven para regenerar plantas, no personas. Pero claro, ¿quién necesita ciencia cuando se puede vender humo en envases brillantes? El negocio no fue curar arrugas, sino arrugar bolsillos.
El trasfondo es aún más corrosivo. La lentitud de Indecopi no es anecdótica, es estructural. Mientras las estafas circulaban a todo nivel, el organismo solo “monitoreaba” y ahora promete sanciones que podrían superar los S/ 3,7 millones. ¿Y el daño al consumidor? ¿Y la confianza perdida? Nada. Como siempre, el Estado llega con la pólvora después del incendio. El ciudadano ya fue engañado, y el Indecopi solo entrega un parte policial tardío.
El caso no es sobre cosméticos: es sobre un país donde la mentira se institucionalizó. La política funciona igual que estos champús con “células madre”: se venden con promesas de rejuvenecer el sistema, pero terminan siendo agua con perfume. Las farmacias engañan con productos milagro, y el Gobierno engaña con “planes de seguridad”, “estrategias de salud” y “luchas contra la corrupción”. En ambos casos, el consumidor y el ciudadano quedan igual: estafados y desprotegidos.
Reflexión final
El sarcasmo es inevitable: en el Perú, un shampoo con células madre promete más que un presidente en campaña. Al menos el primero trae buen aroma; lo otro solo deja hedor a desgobierno. Indecopi sanciona tarde, el Gobierno actúa nunca. Y mientras tanto, seguimos en un país donde todo se vende: juventud, seguridad, justicia… menos la verdad. Porque aquí, lo único regenerativo es el ciclo de la impunidad, que florece como una planta regada con la ingenuidad de todos.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
