Otra vez la misma historia. Perú llega a las últimas fechas de las Eliminatorias aferrado a la calculadora, rezando a los resultados ajenos y soñando con un batacazo que, si se logra, será más obra del azar que de un proyecto. La FIFA, con tono motivador, anuncia que “la ilusión sigue viva”. Pero no nos engañemos: no es ilusión, es autoengaño. La tabla de posiciones no miente: Perú está en el sótano porque nunca tuvo plan, nunca trabajó con visión de futuro y porque lleva años sobreviviendo a base de milagros y favores administrativos.
Las cuentas son simples: Perú debe ganarle a Uruguay en Montevideo y a Paraguay en Lima. Al mismo tiempo, Venezuela tendría que caer contra Argentina y Colombia, y Bolivia sumar apenas un punto frente a Colombia y Brasil. En la teoría matemática todo es posible. En la práctica, es otra historia: un equipo que desde la primera fecha jugó sin rumbo, que ocupa los últimos lugares en mayores y en menores, y que refleja la improvisación estructural del fútbol peruano.
El 2018, se celebró la clasificación a Rusia como una gesta épica. Pero conviene recordar el detalle incómodo: la “virgencita” llamada Bolivia presentó una mala inscripción y nos regaló tres puntos en mesa. Sin ese milagro, ni repechaje hubiéramos olfateado. Desde entonces, hemos vivido de nostalgias y excusas. Hoy repetimos el patrón: esperar que el rival tropiece, que la calculadora cuadre y que la fe haga lo que nunca se trabajó en la cancha.
El panorama es absurdo: hablamos de repechaje cuando la diferencia de goles nos condena (-11 frente al -4 de Venezuela). Para alcanzar el milagro habría que golear y esperar que la Vinotinto reciba goles en cascada. Es decir, no basta con jugar bien: hay que esperar una alineación de planetas. ¿Se merece clasificar una selección que en 16 partidos apenas marcó seis goles? La respuesta es obvia, pero el autoengaño es rentable: llena titulares, vende esperanza y anestesia a una hinchada cansada.
El problema no es la ilusión. El problema es que la ilusión reemplaza al trabajo. Mientras en otros países se planifica, se invierte en divisiones menores y se construyen ligas competitivas, en el Perú seguimos creyendo que el repechaje es un objetivo y no un síntoma del fracaso. ¿Dónde está la planificación a largo plazo? ¿Dónde están los centros de alto rendimiento en las regiones? ¿Dónde está el trabajo con las categorías menores? En ninguna parte. Lo único que está es la calculadora, siempre lista en septiembre para vendernos el mismo cuento.
El repechaje es, en realidad, un engaño colectivo. Matemáticamente, todavía es posible. Deportivamente, es un espejismo. Y aunque se lograra, sería un triunfo vacío: clasificar sin merecerlo es seguir ocultando bajo la alfombra el verdadero problema de nuestro fútbol. Lo que falta no es fe ni milagros, sino trabajo serio, planificación y una visión de futuro que hasta ahora nadie ha querido asumir.
Reflexión final
Basta ya de rezarle a la calculadora. Basta de esperar derrotas ajenas para justificar nuestras victorias inexistentes. Si Perú quiere volver a un Mundial con dignidad, debe dejar de vivir de favores y empezar a construir un proyecto real. Porque seguir soñando con milagros no es esperanza: es conformismo. Y el conformismo, en el fútbol como en la vida, siempre condena al fracaso.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
