En el país de los récords ridículos, donde la impunidad se pasea como candidata perpetua y los partidos políticos son más reciclables que el plástico PET, la ONPE nos presenta la joya de la corona para las elecciones del 12 de abril de 2026: una cédula electoral que parece diseñada por un arquitecto con delirios de grandeza o por algún burócrata aburrido que soñó con superar el Tetris. Con 42 centímetros de ancho y 44 de alto, cinco bloques de elecciones, 39 partidos y un minuto para marcar el futuro del país, se trata del símbolo perfecto de nuestra democracia en ruinas: grande en forma, grotesca en contenido.
Una cédula mastodóntica para una democracia liliputiense. La ONPE, con toda la seriedad que amerita una tragicomedia nacional, ha oficializado una cédula que concentra en una sola hoja cinco votaciones simultáneas: presidente y vicepresidentes, senadores, diputados y Parlamento Andino. Un monstruo de papel que no busca facilitar el voto, sino probar la agudeza visual, la orientación espacial y la paciencia del ciudadano. ¿No sabes si votar por la fórmula presidencial o por la lista de senadores? No te preocupes, solo mira la esquina superior izquierda, da vuelta al papel, gira sobre tu eje, y listo: ya se te pasó el minuto reglamentario.
Y es que, según Piero Corvetto, jefe de la ONPE, “la gente va a necesitar más apoyo”. Traducción: la gente no entiende nada, pero igual tiene que votar. Para ello, más chalecos azules en los locales, más materiales, más confusión, pero sobre todo, más resignación. La ONPE promete capacitar al elector como si estuviéramos ante una elección técnica en Suiza y no frente al circo político más ruidoso de Sudamérica.
39 partidos y alianzas: bienvenidos al zoológico electoral
Treinta y nueve organizaciones políticas competirán por el cariño del votante, muchas de ellas con historial de deserción parlamentaria, transfuguismo, denuncias judiciales o candidaturas familiares. ¿Y cuál es el resultado? Una cédula tan saturada que parece un álbum Panini de logotipos sin contenido.
Habrá que elegir 130 diputados y 60 senadores en el retorno de la bicameralidad, esa promesa nostálgica de que dos cámaras significan más democracia, cuando en el Perú solo significan más planillas, más blindajes y más curules decorativas. Como si tener más congresistas nos garantizara mejores leyes, cuando ni siquiera podemos garantizar que sepan leerlas.
La ONPE estima que cada ciudadano tendrá un minuto para emitir su voto. Esto en teoría. Porque en la práctica, el acto de ubicar a tu candidato en el mapa de logotipos, descifrar a qué cámara pertenece y evitar marcar el recuadro equivocado, puede durar lo que un episodio de “La Rosa de Guadalupe”.
Y si votas mal, la culpa será tuya, claro. Porque no basta con que el Estado te empapele con una cédula absurda, también se espera que tengas la inteligencia y la agudeza visual para navegarla sin errores. “Es tu responsabilidad”, dirán. “La ONPE solo imprime”. Y la clase política solo cobra.
La cédula del 2026 no es solo un papel electoral: es un testimonio tangible del colapso institucional del país. Mientras más grande es la cédula, más pequeña es la credibilidad de la política peruana. No estamos eligiendo representantes, estamos descifrando jeroglíficos. Porque en el Perú, la forma siempre ha importado más que el fondo. Y esta vez, ni la forma se salva.
Reflexión final
Cuando entres a la cabina de votación este 12 de abril, recuerda: no estás solo. Te acompañan la confusión, la frustración y la sospecha. Lleva lupa, paciencia, una botella de agua y, si puedes, un arquitecto. Porque para votar en el Perú de 2026, no basta con saber leer. Hay que saber sobrevivir. Y aun así, nada garantiza que tu voto no termine representado por el primo del sobrino del exalcalde que ahora es senador por accidente.
La democracia peruana no está en crisis, está en construcción. Pero sin planos, sin ingenieros, y con los cimientos hechos de papel reciclado. Literal.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
