Ocho de cada diez peruanos viven con miedo a la inseguridad

En el Perú ya no se vive, se sobrevive. Ocho de cada diez ciudadanos confiesan que sienten miedo cada día al salir a la calle, según un informe de Latina. No es una cifra más: es el diagnóstico de un país tomado por la delincuencia, donde la inseguridad se convirtió en un problema de salud pública y en el síntoma más visible de un Estado que perdió el control. Dina Boluarte y su gobierno parecen no escuchar esta alarma: mientras los peruanos compran rejas, cámaras y candados para dormir tranquilos, el Ejecutivo gasta en aviones de guerra, autos de lujo para generales y viajes presidenciales.

La inseguridad dejó de ser un problema policial para convertirse en una enfermedad social. El doctor Manuel Saravia, especialista en salud mental, advirtió que la violencia creciente ha disparado la ansiedad y la depresión en la población, porque el temor de ser víctima de un robo o secuestro se instaló en la rutina diaria. Caminar con el celular en la mano o dejar jugar a los niños en el parque ya no es un derecho, es un lujo reservado a la suerte.

La psiquiatra del Ministerio de Salud, Natalia Ascurra, señala que el estrés causado por la inseguridad se traduce en insomnio, alteraciones en la alimentación, dolores de cabeza, palpitaciones y episodios de agitación. Lo grave es que el peligro ya no necesita estar presente: basta con pensarlo para que la mente y el cuerpo reaccionen como si fuera inminente. Es el precio de vivir en un país donde los noticieros no informan, sino cuentan el parte diario de asesinatos, extorsiones y secuestros.

El caso de colegios extorsionados en Lima y Callao, el asesinato del músico Paul “Russo” Flores o el crimen de un diplomático indonesio en plena capital, son más que hechos policiales: son pruebas de un Estado en piloto automático. Según Latina, solo en el régimen de Boluarte se han registrado cerca de cinco mil homicidios, una cifra que revela con crudeza el grado de descomposición. Y frente a esta realidad, la respuesta oficial es la inercia: el Congreso blindando, la presidenta viajando, y el país caminando hacia el abismo.

El miedo ya no es una emoción pasajera: es la política pública más eficiente del gobierno. Cada extorsión, cada sicariato y cada asesinato confirman que la delincuencia gobierna, mientras el Estado se diluye entre discursos vacíos y prioridades absurdas. Los ciudadanos ya no confían en la Policía ni en las instituciones, porque saben que la protección depende de sus propios bolsillos.

Reflexión final
Ocho de cada diez peruanos viven con miedo, pero parece que el Ejecutivo aún duerme tranquilo. Quizá porque los aviones de guerra, los autos oficiales y los viajes al extranjero no conocen de extorsiones en los barrios ni de balaceras en los parques. El problema es que, al paso que vamos, ni el blindaje político ni la indiferencia alcanzarán para gobernar un país que ya no respira democracia, sino que respira miedo. Y en esa atmósfera, no se construye futuro: se construye un país condenado a enfermar de inseguridad.

Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra

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