La violencia en Ecuador dejó hace mucho de ser un asunto interno. Las matanzas carcelarias, las fugas espectaculares y las bombas urbanas son síntomas de un fenómeno que desborda fronteras. Esta semana, Estados Unidos dio un paso contundente: declaró a Los Choneros y Los Lobos —las principales bandas narcodelictivas del país andino— como organizaciones terroristas. La decisión, rubricada por el secretario de Estado Marco Rubio y publicada en el Registro Federal, marca un giro estratégico que combina diplomacia, geopolítica y seguridad hemisférica. Pero más allá de los comunicados oficiales, la medida abre un debate urgente: ¿hasta qué punto la etiqueta de “terrorismo” cambiará el escenario de violencia en Ecuador y en la región?
La designación no es un gesto simbólico. La sección 219 de la Ley de Inmigración y Nacionalidad de EE. UU. permite aplicar sanciones económicas, congelamiento de activos, restricciones migratorias y coordinación de inteligencia para desarticular redes transnacionales. Es decir, coloca a estas mafias en el mismo nivel de amenaza que históricamente han ocupado grupos insurgentes como las FARC o el ELN en Colombia. El mensaje es claro: ya no hablamos de delincuencia común ni de bandas locales, sino de estructuras con capacidad de capturar territorios, penetrar al Estado y tejer alianzas con carteles mexicanos y redes de lavado de dinero en Norteamérica y Europa.
La coincidencia temporal entre la publicación del documento y la visita de Rubio a Quito no es casualidad. Es una escenificación política que fortalece al presidente Daniel Noboa en su cruzada contra lo que denomina “terroristas narcocriminales”. En medio de un estado de excepción intermitente desde 2024, Ecuador recibe con esta medida un respaldo explícito a su narrativa internacional y, potencialmente, acceso a cooperación militar y tecnológica. Sin embargo, la pregunta de fondo es si esta cooperación se traducirá en soluciones sostenibles o en una mayor dependencia del brazo de Washington en la región.
La medida también plantea un dilema ético y político: al denominar “terroristas” a grupos del narcotráfico, se corre el riesgo de militarizar aún más la respuesta estatal y desplazar a un segundo plano políticas de prevención, desarrollo social y fortalecimiento institucional. Si bien el golpe financiero y judicial puede debilitar a las cúpulas, las bases que alimentan estas organizaciones —la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades— siguen intactas. Y la historia latinoamericana demuestra que sin atacar las raíces, los sellos legales poco cambian la realidad.
En paralelo, el anuncio tiene un efecto simbólico hacia las víctimas. Familias que han perdido a sus seres queridos en masacres carcelarias y atentados urbanos ven en esta decisión un reconocimiento internacional al sufrimiento que han cargado en silencio. Sin embargo, también exige a la comunidad internacional una responsabilidad mayor: no basta con etiquetar, hay que acompañar con recursos, justicia transnacional y vigilancia sobre los flujos financieros que alimentan estas mafias.
La clasificación de Los Choneros y Los Lobos como organizaciones terroristas es un hito en la lucha contra el crimen organizado en América Latina, pero no debe convertirse en un simple titular de cooperación bilateral. Es, en todo caso, un recordatorio de que el narcotráfico se ha consolidado como una forma de poder paralelo con capacidad de desafiar al Estado y de imponer terror social. La etiqueta de terrorismo puede cerrarles puertas en bancos internacionales y abrir procesos judiciales más severos, pero la verdadera batalla se librará en las calles, en las cárceles y en la vida cotidiana de los ecuatorianos.
Lo que está en juego no es solo la seguridad de Ecuador, sino la estabilidad regional. La decisión de Washington interpela a toda América Latina: ¿seguiremos delegando la lucha al vecino del norte o asumiremos, de una vez por todas, que la defensa de nuestras sociedades exige construir Estados fuertes, instituciones incorruptibles y un pacto social que le quite al narcotráfico el oxígeno que lo mantiene vivo?.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
