La fecha 17 de las Eliminatorias sudamericanas terminó de escribir la crónica de siempre. Uruguay, Colombia y Paraguay se sumaron a Argentina, Brasil y Ecuador en el tren rumbo al Mundial 2026. Venezuela y Bolivia disputarán en la última jornada el boleto del repechaje. Y Perú, junto a Chile, quedó varado en el sótano, aferrado apenas a la nostalgia y a las cuentas imposibles de la fe. El Perú llora. Llora no por los tres goles recibidos en Montevideo, sino porque la derrota estaba escrita mucho antes de que la pelota rodara. Esta eliminación no nació en el Centenario: nació en la ausencia de visión, en décadas de improvisación, en la incapacidad de mirar más allá de la próxima fecha FIFA.
Desde el Mundial de España 1982 el fútbol peruano camina como un peregrino sin mapa. Aquella generación de talentos fue la última en la que hubo brillo genuino. Desde entonces, hemos sobrevivido a base de rezos, milagros y excusas. Nunca hubo un Plan Integral de Desarrollo, nunca un horizonte compartido. Lo que sí hubo fueron dirigentes de coyuntura, técnicos contratados a última hora y generaciones desperdiciadas en el abismo de la desorganización.
El espejismo de Rusia 2018 nos vendió la idea de que habíamos vuelto. Pero detrás de la euforia había una verdad incómoda: clasificamos gracias a un error administrativo de Bolivia, la “virgencita” que nos regaló tres puntos en mesa. Sin ese favor, ni repechaje habríamos olfateado. Lejos de aprender, elegimos la autocelebración y seguimos confiando en la providencia antes que en la planificación.
Los números hoy son un epitafio: seis goles en 16 partidos, una diferencia de -13, un noveno lugar que no admite consuelos. Clasificar no hubiera sido justicia deportiva, hubiera sido otra mentira más. ¿Cómo pedir un Mundial cuando no hay recambio generacional, cuando los clubes se hunden en deudas y las selecciones menores acumulan fracasos?.
El problema del Perú no es perder partidos: es perder décadas. Es repetir el mismo guion en cada Eliminatoria, donde la fe reemplaza al trabajo y la calculadora se convierte en símbolo nacional. Mientras Argentina, Brasil y Ecuador aseguran sus cupos gracias a procesos sólidos, y mientras Uruguay, Paraguay y Colombia confirman que la disciplina da frutos, Perú se aferra a la fe y al azar. Bolivia y Venezuela, con todas sus limitaciones, al menos pelean por un lugar con dignidad. Nosotros, en cambio, rezamos por goles que nunca llegaron.
No basta con lamentar. Es hora de actuar. El país necesita, de manera urgente, el Primer Plan Integral de Desarrollo del Fútbol Peruano 2050. Un proyecto de Estado, no de coyuntura, que contemple:
• Infraestructura masiva y descentralizada en todas las regiones, no solo en Lima.
• Masificación en escuelas, con ligas escolares monitoreadas.
• Selecciones menores con procesos definidos y cientificos.
• Liga profesional sólida, con sostenibilidad financiera y transparencia.
• Formación integral de talentos, con médicos, psicólogos, nutricionistas, metodólogos y estrategas.
• Una Comisión de Notables del Fútbol Local, independiente, integrada por referentes probos y especialistas nacionales e internacionales en gestión deportiva.
El contraste es brutal: mientras los países traza un plan futbolístico con horizonte al 2050, nosotros seguimos atrapados en el ciclo de la improvisación. Ellos piensan en décadas, nosotros en fixtures. Ellos construyen miles de canchas, nosotros rezamos a la calculadora.
Reflexión final
El Perú llora porque ya tocó fondo, y sin embargo sigue cavando. Llora porque ha confundido la esperanza con la resignación, el repechaje con un logro, el milagro con estrategia. Llora porque en cada niño que juega descalzo en la calle late una ilusión que el sistema condena al olvido.
Basta ya de vivir de favores y excusas. Basta de esperar que el azar nos regale lo que nunca supimos construir. El Perú merece más que lágrimas y matemáticas: merece un plan, un sueño colectivo y una generación que no herede solo fracasos.
Si hoy escribimos una elegía, que sea la última. Que el 2050 no nos encuentre otra vez contando goles inexistentes y sumando puntos regalados. Que nos encuentre con un proyecto serio, con canchas en cada región, con divisiones menores sólidas y con una selección que inspire orgullo, no resignación.
El Perú llora, sí. Pero de esas lágrimas puede nacer la convicción de no volver a llorar por lo mismo. El reto está en dejar la calculadora y tomar la pluma que trace un verdadero camino. Porque si no lo hacemos hoy, dentro de 25 años seguiremos escribiendo la misma elegía, con el mismo dolor y las mismas excusas.
Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra
