En el Perú hasta las zapatillas llegan desarmadas. No es broma: casi 40 mil pares fueron importados en piezas sueltas —suelas por un lado, capelladas por otro— con el fin de evadir más de un millón de soles en impuestos. La SUNAT, que suele despertar tarde, esta vez abrió los ojos y decomisó la mercadería en el puerto del Callao. El hallazgo, sin embargo, revela algo más grande que unas cajas de calzado: muestra cómo el contrabando y la defraudación fiscal corren tan libres como la delincuencia organizada, mientras el Estado se limita a parpadear de vez en cuando.
La jugada parecía ingeniosa: traer el calzado en partes para evitar el pago de impuestos y derechos antidumping. En total, 39,204 pares valorizados en casi 2 millones de soles. El cálculo de la evasión asciende a 1,044,057 soles. Una operación nada improvisada, ejecutada con manual de instrucciones: dividir la carga física y documentariamente, declarar piezas y no zapatos, como si un consumidor comprara suelas en un lado y cordones en otro para luego armar el producto en casa.
El problema no son solo las zapatillas. El problema es que detrás de esta modalidad está un sistema fiscal que no logra anticiparse, que detecta el delito cuando la mercadería ya está en el muelle. El contrabando no es novedad: alimenta mercados informales, destruye competencia leal y le roba al Estado recursos que podrían financiar seguridad, salud o educación. Pero aquí la pregunta incómoda es otra: ¿cuántas veces estas operaciones pasan sin ser detectadas? Porque si esta vez se incautaron 39 mil pares, ¿cuántos más ya circulan en los mercados sin que nadie lo haya visto?
Lo sarcástico es que el Estado se felicite por una “gran operación”. Cuando se trata de zapatillas, el golpe se mide en miles de pares; cuando se trata de crimen organizado, el golpe se mide en vidas. Y mientras los contribuyentes cumplen con cada sol en impuestos, algunos empresarios inventan “modas tributarias” que los convierten en campeones deludir.
El contraste es doloroso: mientras un bodeguero paga religiosamente el IGV de cada botella de agua que vende, grandes importadores diseñan esquemas para evadir sumas millonarias. Y la SUNAT aparece esporádicamente, casi como esos superhéroes que llegan tarde a la película: después de que el villano ya causó el desastre.
Este decomiso debería ser un punto de quiebre. No basta con incautar y celebrar; toca ir más allá: sancionar ejemplarmente, desarticular redes y evitar que el contrabando se normalice como parte de la economía nacional. Porque si un millón de soles se esfuma en un embarque de zapatillas, ¿cuánto más se pierde en sectores más rentables como tecnología, combustibles o medicinas?
Reflexión final
El sarcasmo es inevitable: en un país donde la delincuencia organiza barrios y el narcotráfico organiza regiones, ahora resulta que el contrabando organiza hasta el calzado por piezas. La SUNAT puede aplaudirse por esta victoria, pero la realidad es que seguimos corriendo detrás del delito… y lo hacemos descalzos.
Edwin Gamboa, fundador de La Caja Negra
