El regreso del Senado: ¿equilibrio democrático o reciclaje de poder?

Han pasado 36 años desde que el Perú tuvo un Senado. En 2026 volveremos a tenerlo. Y en teoría, eso debería entusiasmarnos: más fiscalización, más control político, más equilibrio. Pero no nos engañemos: en el Perú, lo que regresa no siempre mejora. A veces solo cambia de nombre, de curul, de peinado… pero no de esencia.

La bicameralidad ha vuelto, dicen. Pero con 39 partidos políticos en carrera y el nivel más bajo de credibilidad institucional en décadas, uno se pregunta: ¿realmente necesitábamos más políticos o necesitábamos mejores políticos?

Una cámara alta para un país hundido. La idea de una “cámara alta” suena elegante. Un lugar donde se reflexione, se fiscalice, se filtre lo irracional. Pero en este país, donde hasta los filtros de agua terminan contaminados, hablar de filtros legislativos suena a sarcasmo involuntario.

Tendremos 60 senadores con atribuciones clave: revisar leyes, ratificar altos cargos, autorizar viajes presidenciales y, si se alinean los astros, inhabilitar autoridades corruptas. En el papel, suena impecable. En la práctica, ¿alguien cree que esos 60 personajes serán verdaderos estadistas y no el reciclaje institucional de las mismas figuras que ya nos avergüenzan en la “cámara baja”?

¿Quiénes postulan? ¿Quiénes ganan?. La Constitución exige que tengan mínimo 45 años o experiencia parlamentaria previa. Es decir, una fórmula mágica para que regresen los “ex” de siempre: excongresistas, exministros, exalcaldes con causas judiciales aún frescas. Es como abrir una sala VIP para la vieja clase política bajo la excusa de la madurez.

Y si alguien todavía se ilusiona con “caras nuevas”, conviene recordar que tenemos partidos que han reciclado hasta cuatro veces a los mismos candidatos con distinto logo. El apellido es el mismo, el eslogan cambia, el país retrocede.

¿Qué ganamos realmente con un Senado?. La bicameralidad, nos dicen, traerá “estabilidad institucional”. Una promesa audaz en un país donde ningún presidente termina su mandato y donde el Congreso tiene el récord mundial de autodesprestigio.

Los senadores no harán leyes —ese será trabajo de los diputados— sino que revisarán lo que estos aprueben. Serán una segunda instancia, como un tribunal revisor. Pero con los mismos actores políticos, el “doble filtro” no garantiza agua más pura, sino el doble de burocracia y el doble de excusas.

Todo este experimento legislativo parte de una premisa frágil: que los electores votarán con conciencia y no con indignación, con razón y no con desesperanza. Pero cuando el padrón electoral arrastra hasta 10 mil personas fallecidas, como reconoció la jefa del Reniec, y cuando hay candidatos que celebran tener como asesores a exconvictos, la expectativa de una cámara ética raya en lo ingenuo.

La pregunta clave no es “¿qué hará el Senado?”, sino “¿quiénes llegarán al Senado?”. Porque si el Congreso actual es el reflejo de nuestras decisiones pasadas, la cámara alta podría ser simplemente el espejo más pulido de las mismas deformaciones.

La bicameralidad no es mala por sí sola. De hecho, en democracias maduras puede fortalecer el equilibrio de poderes. Pero en el Perú, donde la política se maneja con hígado, resentimiento y clientelismo, abrir una segunda cámara sin cambiar la cultura política es como construir un segundo piso sobre una casa sin cimientos.

El peligro no está en tener más congresistas. El peligro está en tener más del mismo Congreso.

Reflexión final
A veces, las reformas no son señales de progreso sino de desesperación. La bicameralidad que regresa en 2026 puede ser una oportunidad… o puede ser el relanzamiento de la misma tragicomedia con nuevos actores secundarios.

El Perú necesita instituciones fuertes, sí. Pero más que eso, necesita moral pública, ética inquebrantable y una ciudadanía despierta. Porque si volvemos a votar por los mismos rostros con distinto rótulo, no será la bicameralidad la que nos falló. Seremos nosotros los que, una vez más, confundimos esperanza con ilusión y elección con resignación.

Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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