Perú no juega por la clasificación… juega para no ser colero

El telón de las Eliminatorias Sudamericanas rumbo al Mundial 2026 se cierra para el Perú con un partido que, más que una despedida, parece una condena: enfrentar a Paraguay en Lima solo para completar el calendario. La blanquirroja llega con cifras que pintan de cuerpo entero la magnitud del desastre: cero goles de visitante en todo el proceso, apenas 12 puntos en 17 partidos y una diferencia de -14 goles. Si no le gana a Paraguay, existe la posibilidad de terminar último, hundido en el sótano de la vergüenza. Y como buen consuelo criollo, diremos que seguimos siendo campeones mundiales… pero del chicharrón.

Lo de Perú en estas Eliminatorias no fue una campaña: fue un vía crucis. Tres entrenadores desfilaron en el banquillo sin encontrar soluciones y con un plantel que nunca mostró jerarquía. Ni épica, ni milagros, ni la clásica calculadora que tantas veces disfrazó nuestra mediocridad: esta vez no alcanzó ni para la fe. El 0-3 en Montevideo no fue la derrota final, fue la radiografía de un fracaso estructural. La blanquirroja jugó sin rumbo, sin gol, sin recambio generacional y sin plan.

Lo más preocupante no es quedar eliminados de un Mundial con 48 selecciones. Lo alarmante es que no se ve futuro. Se insiste con la narrativa de que estos jugadores “madurarán” para el 2030, como si las demás selecciones se estancaran y esperaran nuestra evolución milagrosa. Eso no es diagnóstico, es autoengaño. La verdad incómoda es que muchos de los actuales futbolistas ya están fuera de circuito y otros involucionan jugando en una Liga 1 que poco o nada exige. No tenemos recambio real ni jugadores en ligas top que sostengan una esperanza. Mientras nuestros vecinos exportan talento al mundo, Perú sigue sobreviviendo con titulares de papel y promesas vacías.

Hoy el consuelo es no quedar últimos. Es decir, que nuestra gran batalla no es por un cupo al Mundial, sino por no ser coleros. Si ganamos, aseguramos el noveno lugar; si empatamos, dependemos de que Chile no gane; si perdemos, rezaremos para que la Roja tampoco sume de a tres. Ese es el nivel de nuestra discusión: evitar el sótano como si eso fuera un triunfo.

Mientras tanto, la hinchada llenará el Estadio Nacional, no por ilusión sino por costumbre, porque el peruano siempre vuelve al fútbol aunque este le devuelva golpes una y otra vez. Será una despedida sin emoción: Paraguay ya clasificado, Perú ya humillado. El último partido de una Eliminatoria que, más que proceso, fue un entierro futbolístico.

La estadística no miente: seis goles en 17 partidos, todos de local, y ni uno solo en condición de visitante. Un país entero que celebra goles en conferencias de prensa porque en la cancha no hubo nada que gritar. La blanquirroja, otrora símbolo de ilusión, hoy es símbolo de improvisación. No hay plan, no hay futuro, no hay recambio. Lo que hay es vergüenza disfrazada de despedida.

Reflexión final
El Perú toca fondo y parece conforme con quedarse ahí. El verdadero fracaso no está en perder contra Uruguay o Paraguay, sino en aceptar que este ciclo se repetirá en el 2030 y quizá en el 2034, porque seguimos sin un plan integral de desarrollo. El consuelo del chicharrón no llena estadios ni clasifica Mundiales. Ya no se trata de esperar milagros: se trata de exigir un proyecto nacional que nos devuelva la dignidad futbolística. De lo contrario, seguiremos escribiendo estas columnas cada cuatro años, repitiendo la misma elegía de siempre: último partido, última vergüenza.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra

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