Perú se aproxima a las elecciones generales de 2026, pero lo que debería ser un acto de renovación democrática se perfila como una exposición de políticos reciclados, impresentables y eternos retornantes. Más de 10 mil candidatos, una cédula que parece sábana de hotel, 39 partidos sin ideología real, y una población que observa, con resignación, cómo los mismos de siempre regresan una vez más con nueva camiseta y las mismas mañas. ¿Qué celebramos entonces? ¿La democracia o su imitación burda y decadente?
10,257 candidatos. Una cifra que, lejos de impresionar por su diversidad, indigna por su contenido reciclado y desvergonzado. Casi el 99% de los postulantes son nombres ya conocidos, rostros gastados, apellidos repetidos. Excongresistas que juraron no volver, exalcaldes con juicios abiertos, exministros con gestiones nefastas, exgobernadores con auditorías congeladas. Todos disfrazados de novedad, todos colándose otra vez por la puerta giratoria del poder.
¿Y los partidos? Actúan como lavanderías de reputación, prestando siglas, cambiando logos y acomodando listas según quien pague más o traiga más votos. Ya no se trata de representar ideas o sectores sociales, sino de facilitar la entrada a una política de clientelas, favores y oportunismo sin memoria.
En el Congreso actual —uno de los más desprestigiados de la historia—, la mayoría de los 130 congresistas busca reelegirse. ¿Mérito? Ninguno. ¿Logros? Irrelevantes. ¿Motivación? Prolongar inmunidad, ampliar redes y seguir cobrando. Es la cultura del “me quedo porque puedo”, una epidemia de cinismo político sin contrapesos reales.
Peor aún, en esta nueva campaña electoral, se reactivan las mismas estrategias de confusión y saturación. Se presentan tantas candidaturas que el votante común no sabe ni quién es quién, ni qué propone cada uno, y eso, lejos de ser un accidente, es una estrategia premeditada: dispersar, fragmentar, ocultar a los impresentables bajo el ruido de la abundancia falsa.
Lo más preocupante es que la ciudadanía lo sabe… y lo permite. La normalización del reciclaje político ya no genera escándalo, sino apatía. Nos hemos acostumbrado a ver cómo un político acusado por corrupción reaparece en otro partido, cómo un excongresista con cero propuestas se presenta como “experto en gestión”, o cómo alguien que traicionó a su electorado regresa con otro color, pero con la misma ambición.
La ONPE, el JNE, los partidos y los propios electores, todos forman parte de un ecosistema que tolera y reproduce este cáncer democrático. El filtro moral se ha extinguido. La renovación no existe. La democracia peruana, en vez de ofrecer futuro, reproduce pasado. Y no cualquier pasado: el más ineficiente, corrupto y populista.
La elección de 2026 no será una oportunidad para el cambio, sino el capítulo número 24 de la misma novela mal escrita. La oferta política no es nueva, es reencauchada, descompuesta y maquillada. Cada nombre en la boleta nos recuerda que el reciclaje político no es solución, sino síntoma de una enfermedad estructural: un sistema que no castiga, un pueblo que olvida, y un Estado que permite que los mismos de siempre lo sigan saqueando en nombre de la democracia.
Reflexión final
En un país donde la política no se renueva, solo se disfraza, el futuro se convierte en una repetición agotadora del pasado. Perú no necesita más candidatos, necesita menos impostores y más dignidad. Si no se corta el ciclo del reciclaje político, seguiremos votando con asco, eligiendo por descarte y viviendo con las consecuencias de nuestra indiferencia. La solución no está en el sistema, está en nosotros: no permitir que nos vendan las sobras como si fueran el plato fuerte.
Edwin Gamboa, fundador de la Caja Negra
