¿Voto digital en el Perú? Ensayando con dinamita en plena campaña

En un país donde el wifi se cae más rápido que la aprobación presidencial y donde los portales del Estado son hackeados con la frecuencia de un semáforo malogrado, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) ha decidido experimentar con el voto digital para las Elecciones Generales de 2026. ¿Audacia tecnológica o temeridad institucional? Lo cierto es que estamos frente a un experimento que podría redefinir la democracia peruana… o dejarla sin señal.

La iniciativa, amparada en la Ley 32270, pretende facilitar el sufragio remoto mediante una plataforma digital para ciertos grupos priorizados. Suena moderno, futurista, casi escandinavo. Pero en lugar de conectarnos con la eficiencia de Estonia, el ejemplo global más exitoso, estamos más cerca de un ensayo improvisado en un país donde el 4G apenas llega al patio trasero y los ciberataques al Estado son cosa de cada semana.

No es broma. En los últimos meses, páginas web del Gobierno, del Ministerio del Interior y hasta de la Policía Nacional han sido hackeadas. Y ahora, ¿vamos a colocar el corazón del proceso democrático —el voto— en un sistema vulnerable? Es como pretender lanzar un satélite con dinamita reciclada. Lo peligroso no es el salto tecnológico, sino hacerlo sobre una red endeble, sin paracaídas ni confianza ciudadana.

Según expertos del Colegio de Ingenieros del Perú, aún existen brechas significativas en conectividad, cobertura digital y madurez en ciberseguridad. Y aunque ONPE ha prometido blindajes técnicos como blockchain, firma digital y auditorías externas, el problema no es solo técnico: es cultural, político y de credibilidad. ¿Qué pasa si se cae la red en zonas rurales durante la elección? ¿Qué hacemos si un software malicioso altera los votos? ¿Quién responderá si la plataforma falla en plena segunda vuelta?

Y eso sin mencionar el DNI electrónico, indispensable para el proceso. En teoría, es un documento robusto. En la práctica, pocos ciudadanos saben usarlo, menos aún lo tienen actualizado, y ni hablar de los lectores compatibles. ¿Cuántos peruanos podrán votar desde su celular si ni siquiera cuentan con señal estable en sus distritos?

El voto digital, como idea, no es mala. Pero en el Perú de 2025 —con brechas digitales abismales, infraestructura débil y ciberseguridad tambaleante— es como construir un rascacielos sobre arena. No se trata de rechazar la tecnología, sino de tener la casa en orden antes de mudarnos al piso más alto.

Reflexión final:
Ensayar el voto digital sin madurez institucional es jugar a la democracia en modo ensayo clínico, con la población como conejillo de indias. Y eso, en tiempos de polarización, desinformación y reciclaje de candidatos que ya conocemos, no es solo riesgoso: es irresponsable. Si queremos elecciones limpias, el camino no pasa por digitalizar la incertidumbre, sino por fortalecer la confianza, la transparencia y, sí, también la conexión a internet.

La democracia se ejerce con urnas seguras, no con ilusiones digitales.

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