El Congreso de la República, con menos de un 6 % de aprobación y convertido en sinónimo de descrédito, ha decidido “modernizarse”. Esta vez no con reformas políticas ni con iniciativas que ataquen la delincuencia o la crisis en salud y educación, sino con algo más innovador: abrir un canal en Kick, la polémica plataforma de streaming. El anuncio llegó con caricaturas estilo gamer, neones virtuales y la promesa de acercar la política a los jóvenes. El resultado, sin embargo, fue inmediato: un chat desbordado de críticas, sarcasmo y frustración ciudadana.
El Parlamento aseguró que su ingreso a Kick responde al objetivo de acercar los debates legislativos a la población, sobre todo a los jóvenes. La intención puede sonar plausible, pero en la práctica se convierte en un nuevo ejemplo de desconexión con la realidad. Mientras millones de peruanos esperan soluciones frente a la inseguridad, el desempleo o el colapso hospitalario, los legisladores optan por invertir tiempo en convertirse en “streamers institucionales”.
Los usuarios no se quedaron callados. “No les basta con vivir de mis impuestos, ahora también quieren lucrar con mis vistas”, se leía entre los comentarios. Otros ironizaban sobre la posibilidad de que el Congreso reciba “donaciones en bits” para financiar su próxima campaña o que invite como panelistas a organizaciones criminales. El humor fue tan corrosivo como revelador: la ciudadanía ha perdido la confianza al punto de ver cada iniciativa oficial como un disfraz para encubrir privilegios.
Más aún, expertos en comunicación digital recordaron que Kick no es precisamente el mejor escenario para instituciones públicas. Es una plataforma cuestionada por su escasa moderación y la proliferación de contenidos violentos, sexuales o ilegales. Colocar al Parlamento en ese escaparate no es solo un error estratégico: es exponer la poca credibilidad que le queda al Congreso en un terreno donde el escrutinio es inmediato y brutal.
La apuesta del Congreso por “ser streamer” evidencia dos cosas. Primero, que la clase política confunde presencia digital con legitimidad política. Abrir un canal en Kick no sustituye el debate serio sobre reformas pendientes ni borra los escándalos de corrupción y blindajes que marcan a esta legislatura. Segundo, que la institución se ha acostumbrado a priorizar la forma antes que el fondo: neones virtuales y caricaturas gamer, mientras las leyes que deberían transformar la vida del ciudadano siguen empolvándose en comisiones.
El sarcasmo ciudadano, reflejado en el chat de la transmisión, tiene una base sólida: ¿cómo creer en un Congreso que busca “acercarse a los jóvenes” en una plataforma de streaming, pero es incapaz de atender los reclamos de esos mismos jóvenes en las calles, en las universidades o en los barrios donde la violencia y la falta de oportunidades marcan el día a día?
El Congreso del Perú puede disfrazarse de streamer, pero no puede ocultar su desconexión con la realidad nacional. Convertirse en gamer institucional no acerca a los ciudadanos, los aleja aún más al convertir la política en espectáculo vacío. El chat de Kick no hizo más que recordárselo: indignación, sarcasmo y burla fueron la respuesta inmediata de una sociedad cansada.
La verdadera transmisión en vivo que el país espera no es la del Congreso en Kick, sino la de un Parlamento que legisle con seriedad, que fiscalice con rigor y que rinda cuentas sin disfraces digitales. Hasta entonces, el canal será solo un espejo incómodo: una vitrina de cómo los políticos juegan a la democracia mientras el país exige soluciones reales.
