El mundo entero reconoce a Machu Picchu como una de las maravillas más grandes de la humanidad. El Perú, en cambio, lo administra como si fuera una kermés improvisada de barrio. La Contraloría ha puesto en evidencia lo que todos los turistas ya saben: desorden, maltrato, discriminación y negligencia. Dina Boluarte y sus ministros de utilería siguen de espaldas al turismo, y Machu Picchu —ese patrimonio que debería ser intocable— se hunde en la misma mediocridad que gobierna al país.
El informe de la Contraloría (12 de septiembre de 2025) desnuda un escándalo: la venta presencial de boletos en Aguas Calientes es un monumento a la desidia estatal. Sin personal que oriente, sin señalética, sin atención preferencial, sin inclusión mínima. Un espacio que debería ser ejemplo de hospitalidad universal se ha convertido en un punto de maltrato y hasta discriminación: turistas extranjeros y nacionales denunciando ofensas, carnets de estudiantes rechazados como si fueran documentos falsos, personas con discapacidad ignoradas por completo.
Y mientras tanto, los discursos oficiales hablan de “turismo inclusivo”. Hipocresía pura.
Lo financiero roza lo grotesco: más de S/ 52,000 guardados en un cajón de escritorio, porque la caja fuerte está inservible. Ni porta valores, ni detector de billetes falsos, ni custodia policial. En otras palabras, la billetera más fácil del país está en la boletería de Machu Picchu. ¿Qué mensaje da esto al mundo? Que el Perú no solo maltrata a sus visitantes, sino que tampoco sabe cuidar el dinero que genera su propia maravilla.
Por si fuera poco, el generador eléctrico que respalda el control de aforo lleva muerto desde diciembre de 2024. Un apagón bastaría para dejar todo en la oscuridad, sin control de entradas ni salidas, con riesgo de sobrecarga en la ciudadela. Machu Picchu no necesita terremotos para estar en peligro; basta con la incompetencia de quienes dicen administrarlo.
Mientras tanto, el Ministerio de Cultura juega a los protocolos, como si anunciar “acciones correctivas” solucionara la incapacidad. Lo cierto es que Machu Picchu está siendo gestionado como si fuera un favor, no una responsabilidad histórica.
El Informe de la Contraloría no debería ser una simple advertencia, sino una alarma nacional. Machu Picchu es el rostro del Perú ante el mundo y hoy ese rostro está manchado de improvisación, negligencia y corrupción encubierta bajo la palabra “desgobierno”. Cada turista que se topa con estas deficiencias se lleva un recuerdo amargo que trasciende el viaje: se lleva la certeza de que el país no respeta ni lo que dice amar.
Reflexión final
No se trata solo de turismo. Se trata de dignidad nacional. Machu Picchu debería estar blindado frente a la incompetencia política, pero hoy es víctima del mismo cáncer que corroe al Estado: un gobierno sin rumbo, sin plan estratégico y sin voluntad de cambio. Dina Boluarte y sus ministros prefieren mirar para otro lado, como si la maravilla pudiera sostenerse sola. Pero Machu Picchu no es eterno si lo seguimos administrando con mediocridad. Y cuando la maravilla se caiga, no será culpa del tiempo ni de los incas: será culpa de nosotros.
