Lo que debía ser la experiencia de sus vidas terminó convertido en un suplicio: turistas atrapados por horas en trenes detenidos, servicios suspendidos y tours perdidos. Cusco, la joya del turismo nacional, vuelve a ser escenario de un bochorno internacional gracias a la combinación perfecta de bloqueos, improvisación y un Estado que observa el desastre desde la comodidad de su desgobierno. El caso de Arturo Ramírez, turista mexicano de 65 años, es solo uno entre cientos: varado por más de siete horas en un viaje que nunca debió durar más de tres.
El bloqueo en el sector de Qoriwayrachina paralizó por completo la ruta ferroviaria Ollantaytambo-Machu Picchu-Ollantaytambo. Ferrocarril Trasandino, PeruRail e IncaRail suspendieron operaciones, dejando a cientos de visitantes literalmente atrapados entre la incertidumbre y la frustración. ¿La respuesta de las autoridades? Una mezcla de silencio, parches de último minuto y promesas que no alcanzan a cubrir la magnitud del daño.
El testimonio de Ramírez es revelador: un tren detenido por más de cuatro horas, la madrugada consumida en espera y la pérdida irremediable de su tour a la Montaña de Siete Colores. Para un turista, perder un día en el itinerario es mucho más que un mal rato: significa perder dinero, ilusiones y confianza en un destino que se vende al mundo como “maravilla”.
Mientras tanto, las imágenes de turistas varados recorren redes sociales y noticieros internacionales. Y lo que en otro país generaría reacciones inmediatas, aquí apenas provoca comunicados insípidos y la presencia tardía de 100 policías que, según dicen, garantizarán el paso. Una vez más, reaccionamos cuando el daño ya está hecho.
La comparación duele: en México, cuando se bloquea un acceso a Chichén Itzá, el Estado despliega operativos de contingencia para asegurar la movilidad de los visitantes; en Egipto, si ocurre un incidente en Luxor o en las Pirámides de Giza, se activa de inmediato un plan de traslado alternativo. En Perú, en cambio, la consigna parece ser: “que los turistas esperen, que aprendan a valorar la paciencia andina”. El contraste internacional revela que no es falta de recursos, sino ausencia de voluntad política y de respeto por la industria turística.
Lo más indignante es que este no es un episodio aislado. Machu Picchu acumula bloqueos, caos en la venta de boletos, denuncias de maltrato y ahora trenes detenidos. El turismo, que representa una de las principales fuentes de ingresos para el país, es tratado con la misma indiferencia con la que se administra cualquier trámite burocrático en Lima.
El Perú no puede seguir dándose el lujo de improvisar con su principal atractivo turístico. Cada bloqueo, cada turista varado, cada bochorno mediático mina la imagen del país y erosiona la confianza internacional. Cusco debería ser un escaparate de organización y hospitalidad, pero se ha convertido en un espejo de la desidia estatal y local.
Reflexión final
La pregunta es inevitable: ¿qué mensaje queremos dar al mundo? Porque hoy el mensaje es claro: Machu Picchu es una maravilla, pero llegar o salir de ella es una odisea. Si el Estado y las autoridades regionales no entienden que el turismo es motor de desarrollo y no un adorno en los discursos, el país seguirá perdiendo más que turistas: perderá credibilidad, respeto y, lo más grave, oportunidades. Mientras tanto, los trenes seguirán varados, los visitantes seguirán contando la historia de cómo el “país de los incas” convirtió su mayor tesoro en la mayor vergüenza, y los competidores internacionales seguirán capitalizando lo que aquí se desprecia: la seriedad.
