Cuando el pan con chicharrón da más orgullo que los políticos

El Perú tiene un nuevo campeón. No es un Nobel, no es un mundial de fútbol, no es un logro de la política. Es el pan con chicharrón. Sí, ese sánguche que con pan francés, camote frito y salsa criolla acaba de darle al país una alegría colectiva que ningún presidente ni congresista ha sabido entregar. La paradoja es brutal: mientras un sánguche nos une, un gobierno nos divide. Mientras el chicharrón nos enorgullece, Dina Boluarte y el Congreso nos avergüenzan.

El pan con chicharrón tiene receta clara, ingredientes simples y un resultado confiable. La política peruana, en cambio, es la peor fritanga: improvisada, grasienta y peligrosa para la salud democrática.

Dina Boluarte gobierna como cocinera sin sazón: cada día cambia los ingredientes, los ministros, las excusas. La rotación de su gabinete ya parece menú turístico: “plato del día, ministro del Interior; plato de mañana, ministro de Salud; plato de pasado, ministro censurado”. Todo a la carta… de la improvisación.

El Congreso tampoco se queda atrás. Es como un mercado clandestino donde se negocian mociones al kilo, blindajes por docena y reformas que caducan más rápido que un camote mal guardado. Allí no se cocina para el pueblo, se cocina para los comensales de siempre: mafias, lobbies y padrinos políticos.

Mientras el sánguche llena estómagos y alegra corazones, el Estado vacía bolsillos y multiplica frustraciones. El chicharrón genera colas en las panaderías; el Congreso, colas en los juzgados y pasillos de Fiscalía. El sánguche da orgullo; la política, náusea.

El pan con chicharrón es democrático: une al obrero que desayuna temprano con el empresario que lo celebra en brunch. El Congreso, en cambio, es excluyente: legisla para pocos, a espaldas de muchos. Y la ironía final: el sánguche, humilde y popular, logra lo que 130 congresistas y una presidenta no han podido en tres años: que todos los peruanos coincidamos en algo.

Boluarte y su Congreso nos sirven humo. No ese humo sabroso de fritura que sale de la sartén, sino humo tóxico de corrupción, inseguridad y desgobierno. Un humo que asfixia, que cansa, que indigna. Mientras tanto, el sánguche nos recuerda que todavía hay algo en este país que funciona, que cumple y que nunca decepciona.

El Perú se sostiene más por sus sánguches que por sus instituciones. El pan con chicharrón ha demostrado ser más confiable que un gabinete, más transparente que un congreso y más honesto que cualquier discurso oficial. Y aquí la gran lección: gobernar no es improvisar con lo que sobra, sino saber combinar lo esencial para alimentar al pueblo. Algo que un sánguche ha entendido mejor que toda la clase política.

Reflexión final
Quizá haya que aceptar la evidencia: nuestro único acuerdo nacional no está en los pasillos del Parlamento ni en las paredes de Palacio. Está en la panadería. El verdadero liderazgo lo ejerce un sánguche que nunca traiciona, nunca roba y nunca miente. Y si el país sigue en manos de improvisados, corruptos y cínicos, al menos nos quedará el consuelo de un pan con chicharrón que, sin discursos ni blindajes, sigue siendo la única promesa cumplida del Perú.

Lo más nuevo

Artículos relacionados