La democracia peruana llega al 2026 entubada, con respirador, fracturada y sin pronóstico de alta. Luego de años de colapsos institucionales, desgobierno y corrupción sin castigo, el país se encamina —una vez más— hacia las urnas. Pero esta vez no hay entusiasmo, ni siquiera rabia. Solo queda la fatiga del ciudadano que ya no cree en nada, ni en nadie. ¿Y quién podría culparlo? Lo que encontrará el próximo presidente no es una nación lista para despegar, sino los escombros de un país saqueado, descompuesto y sin dirección.
Pedro Castillo inició el derrumbe con una mezcla perfecta de ignorancia, populismo, torpeza y clientelismo. Dina Boluarte no solo continuó el desastre: lo coronó con un nivel de parálisis, represión e improvisación que ni el más cínico de los politólogos habría pronosticado. Ambos, curiosamente, vinieron del mismo vientre político: Somos Perú, aunque hoy todos lo niegan como quien niega a un familiar incómodo en la cena navideña.
Boluarte gobernó por resistencia, no por visión. Su única estrategia fue esperar que el tiempo pasara, mientras todo lo demás se desplomaba. Las cifras son indiscutibles: inseguridad disparada, educación en ruinas, salud colapsada, agricultura abandonada y regiones tomadas por mafias. ¿Quién controla hoy el país? No precisamente el Ejecutivo, sino una red de bandas organizadas, extorsionadores, traficantes de terrenos y minería ilegal empoderada. El Estado ha sido desalojado de vastos territorios, y nadie —absolutamente nadie— da la cara.
Pero no culpemos solo al Ejecutivo. Dina no bailó sola en esta fiesta de decadencia. Tuvo como pareja perfecta al Congreso más impresentable de las últimas décadas, que blindó a los suyos, archivó toda reforma decente, y legisló pensando en su bolsillo, su reelección y sus cuotas. ¿Fiscalización? ¿Reforma política? ¿Control del gasto? Por favor, no arruinemos la comedia con palabras serias.
Hoy el Parlamento actúa como si no hubiera pasado nada. Se presentan a la reelección como si no cargaran sobre sus espaldas los escombros del país. Y lo peor: varios de ellos volverán a sentarse en sus curules como si merecieran aplausos y no juicios.
El presupuesto del 2026 ya está comprometido, como si el próximo gobierno no necesitara oxígeno sino paracetamol. Programas sociales sin financiamiento, promesas inconclusas, regiones quebradas y cifras distorsionadas. Es el legado que deja Boluarte: un país que no funciona, pero que simula estar de pie solo porque el maquillaje aguanta una campaña más.
Y mientras todo esto sucede, los partidos ensayan discursos vacíos con «nuevas caras» —que curiosamente ya estuvieron en algún puesto, en otro partido, con otro logo, pero con el mismo oportunismo—. No hay programas, no hay diagnósticos, no hay voluntad. Solo hay hambre de poder y slogans dignos de comercial de shampoo.
Decir que el Perú va a elecciones es una frase incompleta. El Perú va a elecciones en estado de coma, arrastrando una democracia agotada y una clase política que perdió el pudor. No elegiremos al mejor, porque los mejores no están compitiendo. Solo intentaremos evitar que el peor llegue a gobernar. Esa es nuestra triste línea de defensa.
Reflexión final
Y aún así, queda algo. Queda el voto, queda la voz, queda la memoria. El Perú no se ha rendido del todo, porque aún existen ciudadanos que luchan, jóvenes que protestan, periodistas que incomodan y movimientos sociales que no bajan la cabeza.
Lo que viene será difícil, pero lo más peligroso sería rendirse. Porque si permitimos que esta ruina se administre sin vigilancia, sin indignación, sin acción… entonces el colapso ya no será solo político: será moral.
Y allí sí, no quedará ni escombros que salvar.
