Estados Unidos quita certificación de aliado antidrogas a Colombia

La decisión de Estados Unidos de retirar la certificación de aliado antidrogas a Colombia marca un giro histórico en una relación que, durante décadas, se presentó como un ejemplo de cooperación bilateral. Desde 1986, la certificación ha funcionado como un mecanismo político y financiero que condiciona la entrega de recursos a cambio de resultados en la lucha contra el narcotráfico. Que Washington haya decidido descertificar al mayor productor mundial de cocaína no solo golpea a Bogotá en lo económico —con la pérdida de unos 380 millones de dólares anuales—, sino que también expone la fragilidad de una estrategia que, pese a millones invertidos, no ha logrado desmontar la cadena global del narcotráfico.

La medida llega en un momento de fuerte tensión diplomática entre Donald Trump y Gustavo Petro. Para Washington, el récord de cultivos de coca y la expansión de grupos armados ilegales es prueba de un incumplimiento deliberado. Para Bogotá, se trata de una decisión injusta que desconoce los esfuerzos realizados: en lo que va de 2025 se han decomisado 700 toneladas de cocaína y destruido 4.570 laboratorios clandestinos. Las cifras, aunque impresionantes, no han cambiado la percepción de que la producción sigue en ascenso, con más de 253.000 hectáreas sembradas y al menos 2.600 toneladas anuales de cocaína, según la ONU.

El trasfondo de la descertificación va más allá de las estadísticas. Petro defiende un cambio de enfoque en la lucha contra las drogas, cuestionando la erradicación forzada y abogando por una política centrada en la sustitución voluntaria, el desarrollo alternativo y el reconocimiento del fracaso de la “guerra contra las drogas”. Esa visión choca con la política de “presión máxima” de Trump, basada en la interdicción militar, las sanciones y la amenaza de intervención directa contra carteles, como ya ocurre en Venezuela con el Cartel de los Soles.

La descertificación también refleja un dilema mayor: la guerra contra el narcotráfico se ha convertido en una guerra interminable. En Colombia, los carteles mutan, las disidencias de las FARC se financian con coca y minería ilegal, el ELN sigue en expansión y el Clan del Golfo mantiene un poder territorial significativo. La violencia asociada golpea tanto a la fuerza pública como a comunidades rurales atrapadas entre las balas del Estado y de los grupos armados. Sin un cambio estructural, el círculo vicioso continuará: se erradican cultivos, se destruyen laboratorios, pero el negocio persiste porque los incentivos económicos y la demanda internacional siguen intactos.

El golpe diplomático de Washington también tiene un costo político interno para Petro. Su apuesta por redefinir la política antidrogas ahora se enfrenta a la presión de mostrar resultados inmediatos, en un país donde la inseguridad crece y donde amplios sectores sienten que el Estado ha cedido espacio a las economías ilegales. Para la población civil, la descertificación puede traducirse en menos recursos para programas sociales y en una mayor militarización del conflicto, sin que ello garantice mejoras en seguridad o bienestar.

La descertificación de Colombia como aliado antidrogas no es solo un desencuentro bilateral: es el reflejo de un fracaso colectivo. Durante más de cuatro décadas, la guerra contra las drogas ha consumido recursos, vidas y legitimidad, sin lograr el objetivo central de reducir la producción ni el consumo. Estados Unidos insiste en medir resultados con hectáreas erradicadas y toneladas incautadas, mientras que Colombia intenta escapar de una estrategia que considera agotada.

El desafío hoy es doble: por un lado, evitar que la descertificación rompa completamente la cooperación y debilite la capacidad del Estado colombiano frente a carteles y guerrillas; por otro, asumir que sin una transformación profunda —que involucre justicia social, desarrollo rural, fortalecimiento institucional y una mirada global sobre la demanda de drogas—, la espiral de violencia y narcotráfico seguirá siendo la constante.

El verdadero fracaso no está en un país aislado, sino en una política internacional que ha demostrado ser incapaz de romper las cadenas del crimen organizado. La pregunta no es si Colombia falló, sino si el mundo está dispuesto a replantear una estrategia que ha producido más muertos que soluciones.

Lo más nuevo

Artículos relacionados