Más de un millón de peruanos viven en el extranjero. Uno pensaría que, con toda la fanfarria sobre “modernización electoral”, el sistema les permitiría participar plenamente en las elecciones del 2026. Pero no. Según el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), solo 75 mil de ellos podrán votar digitalmente. ¿Y los demás? Bien gracias. Al parecer, la democracia peruana también ha decidido migrar, pero a la precariedad digital, donde el derecho al voto depende de si te llegó el correo de verificación… o si el servidor no se cayó.
¿Innovación? No. Es populismo disfrazado de pilotaje técnico. Un intento burdo de maquillar incompetencia con discursos sobre “voluntariado digital progresivo”. En realidad, estamos ante una estafa democrática cuidadosamente empaquetada en formato .zip.
Los funcionarios del JNE y la ONPE hablan de un “sistema robusto”, aunque admiten —con el tono solemne de quien se está lavando las manos— que todavía no hay condiciones logísticas, técnicas ni de confianza para implementarlo. Entonces, ¿por qué lo anuncian? Fácil: porque vende bien. Porque da titulares. Porque es mucho más fácil lanzar promesas digitales que construir garantías reales.
Mientras tanto, en la Comisión Especial del Congreso, se discute si el voto digital debería empezar con miembros de las Fuerzas Armadas, Policía o personal de salud. Todo muy lógico. Porque claro, un médico en Trujillo o un teniente en Ayacucho representan perfectamente al migrante que vive en París y trabaja 14 horas lavando platos. La desconexión no es solo geográfica: es política, es ética y es sistemática.
Lo más absurdo es que el software del voto digital aún ni se entrega. Llegará el 16 de octubre. Y sí, será auditado. Pero como ya sabemos, en el Perú las auditorías son como las lluvias en Lima: se anuncian con bombo, pero rara vez mojan algo real.
Hablar de “derecho al voto” en estas condiciones es una broma de mal gusto. ¿Cómo se puede hablar de democracia cuando el acceso depende de si tienes o no un DNI electrónico actualizado y un certificado digital expedido por RENIEC en horario de oficina y con cita previa?
Los peruanos en el extranjero no son ciudadanos decorativos, ni deben ser tratados como beta testers de un sistema electoral improvisado. Si el Estado no es capaz de garantizar el voto pleno de su diáspora, que tenga al menos la decencia de no disfrazarlo de innovación.
Reflexión final
El voto digital no es una opción moderna si excluye al 93% de los migrantes. No es progreso si está basado en condiciones que nadie cumple. No es democracia si sigue dependiendo de un servidor que se cuelga más que las promesas de campaña.
En un país donde el 70% no confía en sus instituciones, vender la ilusión de inclusión tecnológica sin haber solucionado lo básico es tan irresponsable como conectarse a una red pública sin antivirus.
Ya basta de “pilotos” que nunca aterrizan. Queremos elecciones, no simulacros. Queremos derechos, no interfaces. Y, sobre todo, queremos un Estado que funcione con o sin Wi-Fi.
