En el Perú, la salud siempre parece caminar al filo de la navaja. Esta vez, la alarma viene de los hospitales, farmacias y botiquines: la propia Digemid ha detectado que un antibiótico inyectable y un suplemento de calcio contienen “partículas visibles”. Es decir, al medicamento se le coló un “bonus track” que ningún paciente pidió. La pregunta incómoda es inevitable: ¿cómo llegamos al punto en que la autoridad sanitaria “descubre” lo que debió evitar desde el primer momento?
La Dirección General de Medicamentos, Insumos y Drogas (Digemid) ha ordenado el retiro de dos lotes de inyectables, uno de origen chino y otro indio, tras confirmar que incumplen con las pruebas de control de calidad. En castellano: frascos con partículas extrañas estaban listos para circular en el mercado y ser aplicados a pacientes vulnerables. No hablamos de un retraso burocrático o un error administrativo, sino de un riesgo directo contra la vida.
El primer producto, GLUCAL 10% Solución Inyectable, se emplea en casos críticos de hipocalcemia y como antídoto en emergencias médicas. El segundo, ERTAPAND 1 g, es un antibiótico para infecciones graves. Ninguno de los dos admite fallas: aquí no hay margen para improvisaciones ni para excusas. Sin embargo, ambos lotes debieron llegar al mercado, y solo después de la detección se ordenó su destrucción. Una paradoja que indigna: la fiscalización aparece siempre tarde, como si la Digemid estuviera más interesada en levantar actas que en proteger pacientes.
Este episodio desnuda la precariedad de un sistema que vive reaccionando, no previniendo. Mientras se gastan millones en contratos oscuros, licitaciones a medias o proyectos fantasmas, el control de medicamentos sigue siendo un eslabón débil. La vigilancia sanitaria, que debería ser constante y rigurosa, se activa solo después de que los productos cuestionados ya están en manos de distribuidores. En otras palabras, jugamos con la salud de la población a la ruleta rusa: algunos frascos salvan, otros arruinan.
Lo más alarmante no es solo el hallazgo, sino la naturalización del escándalo. Cada vez que Digemid anuncia el retiro de un medicamento defectuoso, la noticia se digiere como rutina. Y no, no debería ser normal. Porque detrás de cada lote fallido hay pacientes en riesgo, médicos desconcertados y familias que confían en que el sistema sanitario funcione. El problema no es que se haya retirado el producto, sino que haya llegado a existir en primer lugar.
Reflexión final
El Estado parece despertar de su letargo solo cuando el daño ya roza lo irreversible. Hoy fueron partículas extrañas en inyectables; mañana podría ser algo peor. La salud pública no puede gestionarse como si fuera un control sorpresa en una feria de barrio. Si realmente queremos evitar que la indignación se vuelva resignación, necesitamos una vigilancia sanitaria que anticipe, no que improvise. De lo contrario, cada receta médica seguirá escondiendo una incógnita: ¿curará el medicamento o se convertirá en el veneno legalizado de turno?
