Keiko Fujimori ha vuelto a actuar. Esta vez no en un mitin ni en una audiencia judicial, sino en el escenario internacional, donde ha lanzado un desesperado SOS: “¡Atentan contra nuestra democracia!”. El motivo: la fiscal de la Nación ha solicitado la cancelación de Fuerza Popular por “conducta antidemocrática”. Sí, leyeron bien: el partido que se ha pasado años boicoteando instituciones ahora exige respeto por ellas. Y en un acto digno de comedia política, pide ayuda internacional… mientras su bancada sigue pidiendo que el Perú se largue de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
La doble moral como estrategia electoral. No hay vergüenza en la política peruana, pero sí mucho libreto reciclado. Keiko, esa eterna candidata que lleva tres derrotas presidenciales, se presenta ahora como la mártir de la democracia. ¿Quién necesita enemigos cuando uno mismo sabotea el concepto de institucionalidad con tanto entusiasmo?
Fuerza Popular ha llamado a la Corte IDH “caviar”, “proterrorista” y “entrometida”. Ha exigido que el Perú se retire de ella porque —dicen— atenta contra la soberanía nacional. Lo hicieron cuando esa corte evitó liberar a Alberto Fujimori. Lo repitieron cuando la Corte se opuso a la ley de amnistía que pretendía regalar impunidad a militares y policías implicados en violaciones de derechos humanos. Lo gritaron cuando la CIDH osó frenar los excesos legislativos de sus congresistas. Pero ahora que la justicia los toca a ellos, claman por el apoyo de “la comunidad internacional”.
Y mientras tanto, Dina Boluarte observa desde su palacio de silencio, como buena aliada táctica. No dice nada, porque decir algo sería tomar postura, y tomar postura podría significar perder protección. Al fin y al cabo, en la república del trueque político, todo se negocia, incluso el respeto a los tratados internacionales.
Lo que estamos presenciando no es una defensa heroica de la democracia. Es una operación de imagen, un rebranding de última hora para una marca política desgastada. La democracia es invocada cuando conviene, ignorada cuando incomoda y mutilada cuando estorba. Y cuando todo falla, se agita la bandera de la victimización.
Keiko Fujimori no está defendiendo el sistema democrático. Está defendiendo su espacio electoral. Y lo hace con las mismas herramientas que ha ayudado a debilitar: instituciones desacreditadas, cortes atacadas, tratados internacionales saboteados. Es como si el pirómano exigiera que los bomberos no se demoren… en apagar el incendio que él mismo provocó.
Reflexión final: El manual del cinismo
En un país con memoria corta y escepticismo largo, lo último que necesitamos son discursos democráticos pronunciados por quienes intentaron patear el tablero cada vez que perdieron. Keiko no es una perseguida política; es una profesional de la victimización estratégica. Y su partido no es el bastión de la democracia, sino el recordatorio más incómodo de lo que la política peruana no ha aprendido.
Pero claro, en año electoral, todo se vale: incluso invocar la Corte IDH… después de haberle cerrado la puerta en la cara.
