Si el Perú fuera una empresa, ya estaría quebrada y en liquidación. Pero como es un país, se mantiene en piloto automático, con autoridades que prefieren acumular millas aéreas en lugar de resolver los problemas en casa. La última prueba: Dina Boluarte y su ministra de Comercio Exterior y Turismo, Desilú León, viajan a Nueva York para asistir a la Asamblea General de la ONU y otros eventos, justo cuando Machu Picchu —sí, la joya turística del Perú y una de las siete maravillas del mundo— enfrenta una crisis que amenaza con destruir su imagen internacional y su impacto económico.
Mientras en Cusco las comunidades bloquean la vía férrea, los turistas quedan varados y la economía regional pierde millones cada día, la ministra León sonríe en fotografías oficiales en Indianápolis, entregando distinciones honoríficas y participando en ferias gastronómicas. Que no se malentienda: la promoción cultural en el exterior es importante, pero ¿era este el momento? La crisis en Machu Picchu no es un detalle administrativo: es un incendio que, mal gestionado, puede costarle al país 300 millones de soles y hasta el riesgo de perder la condición de “maravilla del mundo moderno”.
El Ejecutivo, en lugar de enviar a su máxima representante del sector turismo a liderar el diálogo en Cusco, optó por mandar a viceministros a mesas técnicas que terminaron en más frustración que soluciones. Resultado: una tregua de apenas 72 horas, turistas decepcionados y comunidades que no confían en un gobierno que parece estar más preocupado por su agenda internacional que por su responsabilidad local.
El doble discurso salta a la vista. Desde Palacio se habla de reforzar la alianza con New7Wonders y garantizar la gestión sostenible de Machu Picchu, pero en el terreno lo único que se refuerza es la desconfianza de los ciudadanos. El gobernador regional del Cusco, Werner Salcedo, advirtió que lo que ocurre es una “cortina de humo” frente a la crisis política nacional. Y no le falta razón: mientras la atención mediática se concentra en los viajes presidenciales, la inseguridad crece, la minería ilegal avanza y la salud pública colapsa.
El mensaje que transmiten Boluarte y León es claro: las fotos con diplomáticos en Manhattan importan más que los comuneros de Cusco y los turistas varados en Ollantaytambo. La lógica es simple: afuera se venden discursos de “Marca Perú”, mientras adentro el país se desangra sin liderazgo. Es la misma receta de siempre: tapar la crisis interna con sonrisas diplomáticas y cenas de gala.
Reflexión final
Lo ocurrido con Machu Picchu es más que un problema de transporte turístico. Es un síntoma del abandono estatal y del divorcio entre gobernantes y ciudadanos. Que la ministra viaje en plena tormenta y que la presidenta prefiera codearse en Nueva York antes que mirar de frente la crisis más urgente del sector, solo demuestra que el Perú, para ellas, es una escala incómoda entre vuelo y vuelo. Machu Picchu puede ser eterno en piedra, pero no lo será en reputación si el desgobierno continúa cavando su tumba con la pala de la indiferencia.
