Machu Picchu podría dejar de ser maravilla del mundo… Gracias, Dina

El Perú logró lo impensable: convertir una de las joyas más admiradas del planeta en motivo de advertencia internacional. Machu Picchu, orgullo de todos, corre el riesgo de perder el título de maravilla del mundo moderno. Y no por catástrofes naturales ni guerras, sino por algo mucho más corrosivo: el desgobierno crónico, la improvisación y la indiferencia de nuestras autoridades. Mientras Dina Boluarte ensaya discursos en foros internacionales y su ministra Disilú León cambia pasajes de avión como si fueran boletos de combi, el ícono del turismo peruano se desmorona bajo la mirada complaciente del Estado.

La organización New7Wonders lo dijo con brutal claridad: Machu Picchu es “la única maravilla que se maneja muy mal”. El mérito es exclusivamente nuestro. En lugar de planificación, tenemos desorden; en lugar de inversión, subejecución; en lugar de gestión, peleas de entidades que se reparten cuotas de poder como si fueran butacas de cine.

El santuario recibió más de 850 mil visitantes este año y, sin embargo, el Gobierno solo ha ejecutado el 15% del presupuesto destinado a su preservación. Una hazaña de ineficiencia que debería enseñarse en las universidades como ejemplo de cómo destruir un activo estratégico. Mientras tanto, el centro de visitantes —el proyecto estrella— apenas ha gastado un 1.6% de lo previsto. Eso no es gestión: es sabotaje con sello oficial.

¿Y qué hace el Ejecutivo? Boluarte viaja. León viaja. Y Machu Picchu espera. El turismo se hunde en trámites, corrupción en la venta de boletos y un transporte caótico que convierte la experiencia de visitar la maravilla en un tour de supervivencia.

Perder el título de maravilla sería un golpe letal a la imagen y economía del país. Machu Picchu es el motor del turismo en el Perú: sin él, el circuito del sur se apaga, las comunidades pierden ingresos y el país pierde credibilidad. Pero parece que al Gobierno le preocupa más comprar aviones de guerra que cuidar la joya que le da de comer a miles de peruanos.

El verdadero mensaje de esta crisis no es que Machu Picchu peligra: es que el Perú ya perdió la categoría de Estado serio. El mundo observa cómo dejamos pudrir nuestra mayor carta de presentación. No es casualidad: somos gobernados por quienes creen que un título internacional se conserva con discursos y selfies en Nueva York, y no con políticas públicas.

Machu Picchu no es solo una ruina inca: es el espejo de lo que somos. Y hoy ese espejo refleja abandono, mediocridad y corrupción. La indiferencia de Boluarte y la inacción de León están poniendo en riesgo algo que generaciones enteras cuidaron con esfuerzo. El desastre no es arqueológico, es político.

Reflexión final
Si Machu Picchu deja de ser maravilla del mundo, no será por los siglos de erosión, sino por un par de años de desgobierno. El mensaje sería devastador: el Perú fue incapaz de cuidar su mayor tesoro. Y mientras el turismo se desploma y el mundo nos señala, Boluarte y León seguirán viajando, como si el abandono pudiera taparse con pasajes en clase ejecutiva. Si no cuidamos Machu Picchu, ¿qué nos queda? Solo la amarga certeza de que hemos convertido la maravilla en vergüenza.

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