Boluarte se victimiza en la ONU mientras el Perú agoniza

Desde la tribuna solemne de la ONU en Nueva York, Dina Boluarte decidió representarnos con un discurso que parecía extraído de un libreto de tragicomedia: denunció “informaciones falsas” y “la ideología del odio” como los males que persiguen a su gobierno. No habló de inseguridad, ni de hospitales sin medicinas, ni de aulas deterioradas, ni de niños indígenas que mueren en Loreto por enfermedades prevenibles. Prefirió encarnar el papel de víctima internacional antes que asumir el rol de presidenta de un país al borde del colapso.

Lo ocurrido en la ONU no es anecdótico: es el retrato fiel de un estilo de gobierno basado en la negación. Mientras los organismos internacionales escuchaban a Boluarte culpar a una supuesta “campaña de odio”, en el Perú las mafias ya han tomado barrios enteros, los secuestros se multiplican y la minería ilegal se expande como un cáncer que devora la Amazonía.

La presidenta habló de fake news, pero la realidad no necesita edición. Los cadáveres en las morgues, las denuncias por extorsión, las colas interminables en hospitales y los índices de pobreza hablan por sí solos. Es la vida diaria de millones de peruanos, y no hay discurso en inglés ni traductor simultáneo que pueda maquillarlo.

Boluarte reclamó “reformar la ONU” para devolverle representatividad. Ironías del destino: lo decía una mandataria que en su propio país carece de legitimidad y cuya desaprobación bordea el 90%. Que hable de “representar al Perú al más alto nivel” es una paradoja dolorosa: no logra representar ni a la esquina más cercana de Villa El Salvador, y menos a los millones que la rechazan en Puno, Cusco o Ayacucho.

El episodio del micrófono que se apagó dos veces durante su discurso es más que una anécdota: es un símbolo. El mundo también se cansa de escuchar excusas y victimización. No hay escenario internacional que pueda disimular lo que en casa es evidente: un desgobierno que sobrevive a empellones, sostenido por un Congreso igualmente repudiado y un pacto de impunidad que bloquea cualquier fiscalización real.

Boluarte quiso mostrarse como estadista, pero quedó expuesta como una mandataria atrapada en su propio libreto de negación. El Perú no necesita una presidenta que se victimice en la ONU, necesita a alguien que gobierne, que mire de frente a las mafias, que devuelva dignidad a los hospitales y seguridad a las calles. El país no colapsa por “informaciones falsas”, colapsa porque el Estado ha decidido abandonar a su gente.

Reflexión final
La victimización internacional puede dar titulares momentáneos, pero no salva vidas ni genera confianza. Mientras Boluarte insiste en culpar a la “ideología del odio”, el verdadero odio se cultiva en la indiferencia del poder, en la corrupción enquistada y en la violencia que cada día cobra más víctimas. El Perú no está esperando discursos: está esperando gobierno. Y ese, aunque Boluarte se resista a reconocerlo, sigue ausente.

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