Falacias de Dina Boluarte durante la Asamblea General de la ONU

En Nueva York, ante la 80ª Asamblea General de la ONU, Dina Boluarte levantó la voz para declarar que “las familias son su prioridad”. Con la solemnidad de quien se cree dueña de la verdad, habló de niños, mujeres y futuro, mientras en el Perú 9,4 millones de ciudadanos se hunden en la pobreza. El contraste fue tan brutal como absurdo: la presidenta pintó un país estable y confiable, cuando en casa lo que reina es el miedo, la desigualdad y la precariedad. El Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) no deja lugar a dudas: la pobreza golpea al 27,6 % de la población nacional, y no se trata de estadísticas frías, sino de familias enteras sobreviviendo con ingresos que apenas cubren la subsistencia.

El informe del INEI revela que el ingreso mensual promedio por persona apenas alcanza los S/1.196, un incremento insignificante de 26 soles respecto al año anterior, mientras la canasta básica y los servicios siguen encareciéndose. En otras palabras, los discursos viajan en business class, pero la realidad camina descalza por las calles de Ayacucho, Juliaca o Villa El Salvador.

Boluarte aseguró en la ONU que su gobierno es “el más estable”. Difícil encontrar mayor ironía en un país donde la inseguridad se ha normalizado, donde el crimen organizado opera con la eficiencia que el Estado perdió hace décadas, y donde los peruanos asisten al espectáculo cotidiano de extorsiones, secuestros, cobros de cupo y asesinatos. La paradoja se vuelve grotesca: mientras la mandataria pedía a la ONU declarar terroristas a las bandas internacionales, en el Perú los ciudadanos ya viven bajo el terror de mafias locales que han tomado barrios, mercados y hasta municipios.

La incoherencia es evidente. En Nueva York habló de derechos humanos, mientras en casa millones carecen de acceso a salud digna. Prometió modernización de infraestructura, cuando Machu Picchu estuvo paralizado por conflictos que dejaron a turistas caminando kilómetros para huir del caos. Se proclamó adalid de la democracia, cuando el 93,8 % de la población desaprueba su gestión (CPI, septiembre 2025). Y para coronar la tragicomedia, prometió elecciones libres y transparentes, como si la confianza en el sistema político no estuviera pulverizada.

El discurso no fue un informe de gestión: fue un acto de prestidigitación. Un intento por ocultar la miseria interna bajo luces extranjeras. Pero las cifras del INEI son inapelables: más de 9 millones de pobres contradicen el cuento de la estabilidad.

Boluarte afirmó que la prioridad de su gobierno son los niños y las familias. La realidad la desmiente con crudeza: la infancia crece entre hambre y falta de oportunidades, mientras el Estado se entretiene en discursos y giras internacionales. La pobreza no se combate con PowerPoints en la ONU ni con promesas que se evaporan al volver al Jorge Chávez. Se combate con políticas serias, inversión social y un Estado que funcione, tres elementos ausentes en esta administración.

Reflexión final
Lo ocurrido en Nueva York no es anecdótico, es estructural. Resume el divorcio total entre la retórica oficial y la vida real de millones de peruanos. La presidenta podrá insistir en que “el Perú es un país de confianza”, pero la confianza que importa —la de los ciudadanos— ya está rota. Mientras en los salones de la ONU se aplauden discursos vacíos, en las calles del Perú se multiplican la desesperanza y la indignación. Y allí, donde debería estar la prioridad del gobierno, solo queda un silencio que ni las luces de Manhattan logran ocultar.

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