Más de 2.5 millones de jóvenes peruanos votarán por primera vez en las Elecciones Generales 2026. Aunque decir «votarán» puede ser demasiado optimista. Según Urpi Torrado, CEO de Datum Internacional, la mayoría no siente orgullo de ser peruano, no cree en los partidos políticos, no confía en sus instituciones y, por si fuera poco, considera migrar como única salida. El diagnóstico es claro: no es apatía, es vergüenza democrática.
Una vergüenza cuidadosamente construida por generaciones de congresistas impresentables, por el desfile interminable de presidentes acusados, vacados o prófugos, y por una actual presidenta —Dina Boluarte— que en lugar de pedir disculpas por su brutal desconexión con la ciudadanía, se fue a Estados Unidos a quejarse de que el Perú “la recibió de manera brutal”, como si gobernar fuera un acto de beneficencia y no una responsabilidad. La cereza del pastel la puso al afirmar que “mafias corruptas” financiaron las protestas del 2022. Sí, señora, las mafias eran los manifestantes, no los gobiernos.
¿Cómo no van a desconfiar los jóvenes? A la falta de educación cívica en las escuelas se suma un desfile de políticos que se turnan en el Congreso como si fueran DJs de una fiesta indeseable. Partidos sin ideología, sin renovación, sin ética, sin pudor. Un Congreso con 87 % de desaprobación, presidido por señores que legislan como si vivieran en Marte. Y una presidenta que gobierna para la élite, declarando que todo es culpa de los otros, de las mafias, del pueblo ingrato que “no comprende su sacrificio”.
Mientras tanto, los jóvenes peruanos portan banderas piratas durante las marchas, no por moda, sino porque sienten que la política real está secuestrada. Si el Congreso es un barco hundido, al menos el Sombrero de Paja tiene ideales. One Piece genera más identidad que los partidos.
Los datos no mienten: según Datum, el 61 % de los peruanos se ubica en un nivel medio de desafección política, votan sin ganas, por descarte, por obligación, o simplemente vician. Un tercio de los jóvenes no se sienten orgullosos de ser peruanos. Y más de un millón de ellos ni estudia ni trabaja, condenados por un sistema que los excluye antes de que puedan aportar.
Las elecciones del 2026 no se perfilan como una fiesta democrática, sino como otro episodio de la tragicomedia nacional. Más de la mitad de los nuevos votantes se informa por redes sociales, pero no encuentra una sola propuesta seria. Y entre tanto meme, el mensaje es claro: los políticos hacen reír… por no llorar.
Los jóvenes no quieren saber de política porque la política peruana huele a descomposición. Y aún así, quienes la dirigen se preguntan por qué hay ausentismo, como si no tuvieran nada que ver.
Reflexión final
Los partidos políticos no se han ganado el desprecio juvenil: lo han cultivado con esmero, regándolo con clientelismo, cinismo y corrupción. La democracia, sin representación real, se convierte en una obligación hueca, un trámite cívico sin sentido.
Y mientras los jóvenes contemplan el éxodo como escape, la clase política se alista para una nueva campaña con los mismos rostros de siempre. La pregunta no es por qué los jóvenes se alejan. La pregunta es: ¿cuándo la política peruana dejará de ser motivo de vergüenza?
