¿Sabes cómo será el Mundial 2030? En seis paises y tres continentes

La Cumbre de Nueva York fue presentada como la gran jugada maestra de Conmebol y FIFA para dar más protagonismo a Sudamérica en el Mundial 2030. Fotos sonrientes, discursos emotivos y frases de unidad. La realidad, sin embargo, es otra: lo que se firmó no fue un homenaje al centenario, sino el acta de defunción del espíritu competitivo. Infantino y Domínguez no diseñaron un torneo, diseñaron un tour corporativo global, donde la pelota es solo un decorado y el negocio es el verdadero protagonista.

La propuesta de ampliar a 64 selecciones no es un gesto de inclusión, es la prueba de que el Mundial se convirtió en una máquina de recaudar. Más partidos no significan más fútbol: significan más contratos, más sponsors, más camisetas y más votos en el Congreso de la FIFA. Infantino no construye democracia en el fútbol; fabrica clientelismo.

Se habla de abrirle la puerta a más países, pero en realidad se abre la puerta a la mediocridad. La consecuencia será un calendario interminable, con partidos de relleno y selecciones débiles expuestas a goleadas históricas. ¿Eso es democracia? No. Eso es negocio. Democracia sería invertir en el desarrollo de esas federaciones para que compitan en igualdad de condiciones. Lo que tendremos es un espectáculo de desigualdad televisada: potencias goleando sin misericordia a debutantes que apenas podrán resistir.

Sudamérica fue utilizada como comodín sentimental. Nos vendieron que Argentina, Uruguay y Paraguay recibirán partidos inaugurales “para honrar la historia”. La verdad es que lo que se otorgó fueron migajas simbólicas: tres partidos de apertura para la foto y el resto del banquete trasladado a Europa y África, donde está la billetera. Montevideo recibe nostalgia; Madrid y Rabat reciben ingresos.

El continente que presumía de tener las Eliminatorias más duras del planeta hoy se ha convertido en un trámite administrativo. Con seis cupos y medio y tres clasificados de regalo por ser sedes, la épica se perdió. Clasificar dejó de ser un mérito para transformarse en un derecho automático. Esa comodidad no fortalece a nadie: debilita la competencia, adormece el talento y degrada lo que alguna vez fue la gloria de las Eliminatorias sudamericanas.

Infantino y Domínguez disfrazan este despropósito con la palabra mágica: “globalización”. Pero globalizar aquí significa inflar. Inflar no es incluir, es vaciar de contenido. Y cuando la pelota empiece a rodar, lo que veremos no será fútbol de élite, sino una feria global con partidos irrelevantes y estadios llenos de turistas.

El Mundial 2030 no será la fiesta del centenario. Será un campeonato sobredimensionado, con menos calidad y más cantidad. Un torneo diseñado para facturar, no para competir. En lugar de honrar la historia de 1930, la Cumbre de Nueva York certificó su olvido: el fútbol ya no es el alma del Mundial, es su excusa.

Reflexión final
La FIFA vende inclusión, pero entrega desigualdad. Nos habla de más selecciones, cuando lo que garantiza es más goles inútiles, más cansancio de jugadores y más millones en su caja. En el fútbol, como en la vida, inflar demasiado un globo solo asegura que explote. El Mundial 2030 será más largo, más caro y más mediático que nunca, pero también más vacío. Y cuando los estadios se apaguen y el ruido publicitario se consuma, la pregunta será inevitable: ¿en qué momento dejamos de jugar al fútbol para empezar a jugar al negocio?

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