El fútbol peruano vive su peor crisis en décadas: sin jugadores en la élite, sin estructura de divisiones menores, con clubes arruinados y una liga local que da pena. Y en medio de ese desierto deportivo, llega la “gran noticia”: Sudamérica tendrá 9.5 cupos para el Mundial 2030. Como por arte de magia, la selección peruana, incapaz de competir en Eliminatorias reales, tendría casi asegurado su boleto a la gran fiesta. ¿Y qué hace el país? Celebra. Como si una invitación de compromiso al banquete fuese equivalente a ganarse el derecho de estar en la mesa.
La reunión en Nueva York entre Gianni Infantino y Alejandro Domínguez no fue una cumbre de fútbol, sino una asamblea de accionistas. Decidieron inflar el Mundial a 64 selecciones, más partidos, más derechos de TV, más votos en la FIFA. Es un modelo perfecto… para los negocios. Para el fútbol, es un despropósito. Pero lo que en Zúrich se planifica como expansión estratégica, en Lima se traduce en titulares triunfalistas: “¡Perú al Mundial 2030!”.
La pregunta incómoda es: ¿qué estamos celebrando exactamente? ¿El progreso deportivo? No. Lo que festejamos es que ahora la vara está más baja, tan baja que incluso una selección penúltima en Sudamérica puede pasar de contrabando al torneo. Es como premiar al estudiante que jaló todo el año con una beca universitaria solo porque sobran vacantes. Eso no es mérito, es lástima institucionalizada.
Miremos la realidad: no tenemos plan a largo plazo con visión de futuro, no formamos futbolistas desde la etapas de menores, no tenemos jugadores de calidad en ligas top del mudo, solo jugadores que firman contratos en México, la MLS o ligas exóticas, no porque brillen, sino porque ofrecen mejores sueldos que la ruina peruana. Y los que regresan lo hacen porque afuera no dieron la talla. Esa es la radiografía: un fútbol de exportación fallida.
Mientras tanto, los hinchas compran el humo. “Clasificamos al Mundial 2030”, dicen. Pero la clasificación en sí misma no significa nada si llegas a un torneo inflado donde habrá goleadas históricas: Brasil 20-0 Samoa, Argentina 15-0 Islas Feroe. ¿Eso es democracia futbolística? No, eso es caricatura. Y Perú, en ese guion, será el eterno invitado simpático que se despide en primera ronda.
El problema no es entrar al Mundial, sino llegar con nivel. Lo grave es que aquí confundimos acceso con éxito. Estar en el álbum de 2030 será presentado como triunfo nacional, cuando en realidad será la constatación de nuestra decadencia. Porque un equipo que no clasifica por méritos, que no produce jugadores de élite y que sobrevive gracias a formatos inflados no está compitiendo: está siendo arrastrado por la inercia de un negocio que ya perdió el alma.
Reflexión final
El fútbol peruano no necesita 9.5 cupos, necesita un proyecto serio. Necesita volver a producir Cubillas, Sotil, Cueto, Uribe, jugadores capaces de exportarse a Europa y competir en la élite. Lo demás es maquillaje barato. Celebrar un pase automático al Mundial es como colgarse una medalla de cartón y presumirla como oro. FIFA y Conmebol ya lograron su negocio: más partidos, más millones, más votos. Y Perú, en lugar de levantar el nivel, se contenta con el espejismo. Porque sí, iremos al Mundial 2030. Pero no como protagonistas, sino como relleno. Y eso no es gloria: es resignación disfrazada de fiesta.
