Petroperú devora millones mientras el país agoniza

El Perú parece condenado a repetir la misma tragicomedia: gobiernos que en lugar de gobernar se dedican a sostener elefantes blancos. Dina Boluarte, con la misma obstinación de sus predecesores, insiste en darle respiración boca a boca a Petroperú, esa empresa que no produce petróleo pero sí agujeros fiscales del tamaño de Talara. Mientras los hospitales colapsan, los agricultores se hunden, la delincuencia gobierna las calles y la pobreza alcanza a millones, la presidenta decide comprometer el futuro de todos con una petrolera que no se salva ni con milagros.

El último capítulo de esta novela de despilfarro se llama bonos por US$287,3 millones, deuda que se pagará en 2034. En buen cristiano: el próximo gobierno, o el que venga después, tendrá que explicar a los contribuyentes por qué siguen pagando la cuenta de una empresa que perdió más de US$8 mil millones. Para entender la magnitud, basta una comparación: la ampliación del Canal de Panamá —una obra que conecta dos océanos y genera miles de millones— costó menos que la refinería de Talara. Es decir, mientras Panamá construye futuro, el Perú construye ruinas.

Lo más cínico es el discurso oficial. Ministros y gerentes de Petroperú repiten con descaro que la empresa es “autosostenible” y que “no hay salvataje”. Claro, porque capitalizar deudas por S/6.100 millones, cubrir préstamos de US$800 millones y ahora emitir bonos no es un rescate, es… ¿qué? ¿Una broma pesada? Hasta el propio ministro de Energía y Minas se atrevió a comparar la situación con la de cualquier empresa privada. Con una diferencia: cuando una privada quiebra, pagan sus dueños. Cuando quiebra Petroperú, pagamos todos.

Cada sol que se entierra en este barril sin fondo es un sol que se le roba a la salud, a la educación, a la seguridad ciudadana. Mientras Boluarte compra aviones de guerra, autos de lujo para generales y gasta en viajes al extranjero, en los hospitales de EsSalud los pacientes esperan hasta 96 horas por una cama. Esa es la ecuación de este gobierno: millones para una empresa quebrada, horas de espera para un enfermo.

Petroperú ya no es una empresa, es una garrapata pegada al Estado. Una criatura voraz que succiona el dinero público con la complicidad de los gobiernos de turno, incapaces de aceptar su fracaso. Boluarte no gobierna, apenas administra el piloto automático de un país en caída libre, mientras compromete más deuda y finge que todo marcha bien.

Reflexión final
El Perú no puede seguir sosteniendo a Petroperú ni a la ficción de su “importancia estratégica”. Si de estrategia se trata, la única ventaja que tendría sería que en caso de bombardeo, el país ahorraría cientos de millones. La verdadera prioridad debería ser salvar vidas en los hospitales, devolverle dignidad a los jubilados y ofrecer seguridad a las calles. Pero no: el Estado insiste en mantener con respirador artificial a un cadáver empresarial. Y así, mientras el país se desangra, Petroperú sigue bebiendo.

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