El 26 y 27 de septiembre el país volverá a detenerse, pero no porque el Gobierno haya decidido reflexionar sobre la seguridad ciudadana, sino porque los transportistas se cansaron de ser blancos móviles de las mafias. Cada disparo contra un chofer es un recordatorio de que en el Perú ya no mandan las autoridades, sino las bandas organizadas. Y mientras la calle sangra, en Palacio la presidenta sigue viajando, comprando aviones de guerra y autos de lujo, como si gobernara un país que solo existe en la imaginación.
La Asociación Nacional de Conductores lo dijo con brutal sinceridad: “Nosotros somos los blancos”. Y sí, lo son. Pero también lo somos todos los ciudadanos que subimos a un bus sin saber si será nuestro último viaje. El transporte público se ha convertido en el espejo del Perú: una mezcla de miedo, improvisación y abandono.
Mientras tanto, Boluarte y su gabinete de cartón siguen prometiendo mesas técnicas, diagnósticos integrales y cámaras de vigilancia que jamás llegan. Porque aquí la única logística que funciona es la de las mafias, que cobran puntualmente los cupos, ejecutan las amenazas y garantizan resultados. El Estado, en cambio, ni siquiera puede garantizar chalecos antibalas para su policía.
Lo que está en juego no es solo el transporte, sino la propia noción de autoridad. ¿Quién gobierna hoy? ¿Un Ejecutivo que se refugia en viajes internacionales y discursos vacíos, o las mafias que imponen su ley a balazos? El desgobierno no es un accidente, es la norma: un país donde se mata más rápido de lo que se legisla, donde se recauda más para la corrupción que para la seguridad, y donde cada paro es un grito desesperado contra un Estado que ya no responde.
El paro del 27 y 28 de septiembre será recordado como la postal de un país secuestrado. No paran los transportistas, para el Perú entero, porque cuando el miedo toma el volante, el camino solo conduce al colapso. El gobierno, en lugar de ofrecer soluciones, insiste en gastar millones en juguetes militares mientras los ciudadanos mueren sin siquiera un patrullero cerca.
Reflexión final
El Perú ya no necesita espejos, necesita frenos. Las calles están gobernadas por mafias, y el gobierno solo se gobierna a sí mismo, blindando privilegios mientras se pudre la seguridad. El verdadero paro es el del Estado, que se niega a arrancar, aunque todos sepamos que la gasolina de la paciencia ciudadana se está acabando.
