Faltan todavía meses para que empiece oficialmente la campaña presidencial 2026, pero el país ya parece haber votado… por el desencanto. Una reciente encuesta de Datum —citada por El Comercio— reveló que el 84% de los peruanos no confía en ninguno de los candidatos presidenciales. Sí, leyó bien: ni uno solo. Y sin embargo, ahí están, como zombis electorales, desfilando los mismos apellidos, los mismos eslóganes, las mismas promesas recicladas en una feria democrática que cada cinco años nos vende ilusión con olor a moho.
Los nombres que encabezan las encuestas son tan familiares como las decepciones que representan: Rafael López Aliaga, alcalde de Lima y autoproclamado salvador de la patria con el 10% de intención de voto. Le sigue Keiko Fujimori, eterna candidata, hija de un dictador condenado, que con 8% de respaldo ya acumula más postulaciones que credibilidad. Y cerrando el podio, en una tragicomedia digna de Shakespeare tropical: Mario Vizcarra, que no es el expresidente Vizcarra, sino su hermano. Pero no importa: el 71% de quienes votan por él cree que sí lo es. Bienvenidos al Perú, donde hasta las encuestas son un acto fallido.
Por si fuera poco, el 58% de los ciudadanos cree que las decisiones políticas solo benefician a Lima. El centralismo no es una herencia colonial; es un sistema funcional para los que mandan desde siempre. ¿Federalismo? ¿Representación real? No, gracias. Mejor sigamos distribuyendo el poder como el WiFi en provincia: lento, limitado y con cortes frecuentes.
Y mientras tanto, entre los que sí están “considerando” postular, muchos todavía no se atreven a confirmar sus candidaturas porque no saben si dejar sus cargos actuales —o sus inmunidades. Gobernadores, alcaldes, exministros, humoristas, influencers, profetas, todos hacen fila, no para servir al país, sino para ver si esta vez les toca el premio mayor: cinco años de poder, presupuesto, escoltas y fuero.
Este no es un simple dato estadístico. Es un grito colectivo, un plebiscito del hastío: el 84% no cree en los candidatos porque los conoce demasiado. Porque los ha visto mentir, robar, prometer, huir. Porque cambiaron de camiseta como de discurso. Porque construyeron partidos como empresas familiares o cultos religiosos. Porque usan la política como escudo legal, no como herramienta de transformación.
Y, sin embargo, lo más doloroso no es la falta de confianza. Es la resignación disfrazada de democracia. Esa que nos hará ir a votar otra vez, en 2026, sabiendo que lo hacemos sin fe, sin convicción, sin esperanza. Porque votar por “el mal menor” ya se ha institucionalizado como sistema.
Reflexión final
Nos dicen que la democracia es el poder del pueblo. Pero cuando el pueblo no confía en nadie, ¿qué clase de poder le queda? ¿El de elegir a su próximo desencanto? ¿El de legitimar con su voto una lista de candidatos que no lo representan, pero lo gobiernan?
Si el 84% no confía en los candidatos, tal vez el problema no es solo quiénes se postulan, sino cómo los partidos los eligen, por qué los medios los inflan y para qué los ciudadanos seguimos creyendo que votar, por sí solo, basta. En una democracia sin ética, la urna ya no es símbolo de esperanza, sino de cinismo organizado.
