Indecopi sanciona a Gloria por competencia desleal

En el Perú, la defensa del consumidor siempre llega tarde, como ese invitado que aparece cuando la fiesta ya terminó y solo quedan migajas. El caso de Gloria y sus yogures es una muestra más: la empresa más poderosa del rubro lanzó al mercado un producto que se parecía sospechosamente al de su competidor Laive, y solo después de meses de confusión, reclamos y un largo bostezo institucional, Indecopi decidió sancionar. Un triunfo, dirán. Pero con la multa de poco más de 113 mil soles, la sensación es otra: una palmada en la muñeca para un gigante acostumbrado a mover millones.

La escena parece un mal chiste: Gloria lanza su yogur Actibio con envases casi idénticos a los de Laive Sbelt Probióticos. Verde, blanco, frutas sonrientes, tipografía gemela. Todo tan similar que, en un supermercado lleno y con prisas, cualquiera podía meter el producto “equivocado” al carrito. ¿Casualidad? ¿Coincidencia cromática? ¿Un homenaje de diseño? No, se llama competencia desleal.

Pero aquí no solo hablamos de envases, sino de la cultura empresarial que normaliza la trampa como estrategia de mercado. Porque si Gloria puede vender más confundiendo al consumidor, ¿qué le impide a otras compañías hacer lo mismo mañana? Y, peor aún, ¿qué asegura que Indecopi no vuelva a tardar meses en reaccionar, como si la vigilancia del mercado fuera un favor y no su obligación?

La multa de 21.20 UIT suena a sanción, pero en realidad es un vuelto para una empresa que domina el mercado lácteo. Un monto que no alcanza ni para financiar un par de spots publicitarios. Así, lo que se presenta como un castigo ejemplar, en la práctica termina siendo un recordatorio de que, en el Perú, las grandes empresas pueden hacer sus travesuras porque el peor escenario es pagar lo equivalente a una propina.

La defensa de Gloria raya en lo ridículo: alegar que su producto era distinto porque contenía linaza y más probióticos es como decir que dos autos son diferentes porque uno tiene gasolina de 95 y el otro de 97, aunque ambos tengan el mismo diseño, color y marca pintada. El contenido no borra la trampa en el envase, y el consumidor lo sabe.

El episodio deja una lección amarga: en un mercado concentrado, el consumidor es tratado como ciego útil, alguien que compra por impulso y a quien se puede manipular con colores y etiquetas. Indecopi, mientras tanto, juega a ser el árbitro que pita cuando el partido ya acabó, cuando los goles ya están contados y la trampa surtió efecto.

Reflexión final
La sanción a Gloria no es un triunfo del consumidor, sino la confirmación de su vulnerabilidad. Hoy es el yogur, mañana será cualquier otro producto: arroz, aceite, medicamentos. En un país donde la ética empresarial se subordina al volumen de ventas y los reguladores actúan al ritmo de la siesta, el mensaje es claro: si confundes, ganas; si te descubren, pagas la propina. El verdadero costo, como siempre, lo asume el ciudadano que, entre tanto engaño, sigue esperando transparencia en un mercado diseñado para burlarse de su confianza.

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