Peruanos protestaron contra Boluarte en la reunión de la ONU

El rechazo a Dina Boluarte ya no es solo patrimonio nacional. Ahora cruza fronteras, ondea pancartas frente a la ONU en Nueva York y se traduce en gritos que denuncian lo que su gobierno pretende silenciar: más de 80 muertes en protestas, un país tomado por el crimen y un Estado reducido a caricatura. Mientras la mandataria habla de “informaciones falsas” y de “ideología del odio”, la realidad se encarga de recordarle que el verdadero odio es el de los peruanos hacia un poder que los abandona y los agrede.

Ciudadanos peruanos residentes en Nueva York protestaron frente a la sede de la ONU durante la participación de Boluarte en la Asamblea General. Las consignas fueron directas: “Dina asesina, el pueblo te repudia”. Entre pancartas con rostros de víctimas de la represión policial, los manifestantes denunciaron que la presidenta sigue siendo investigada por las muertes ocurridas en las movilizaciones de 2022 y 2023.

No es un episodio aislado: en Suiza, Italia y otros países también se ha repetido la misma escena. Lo que debería ser una gira diplomática se convierte, inevitablemente, en una gira de protestas. La mandataria carga su impopularidad como pasaporte: donde va, la recibe la indignación.

En el estrado de la ONU, Boluarte se esforzó en victimizarse. Habló de “mentiras”, de “ideología del odio”, de un mundo necesitado de una ONU más fuerte. Afuera, en las calles de Nueva York, la acusaban de cargar con las muertes de decenas de peruanos. El contraste es brutal: un discurso burocrático en el salón y un juicio ciudadano en la vereda.

Mientras tanto, en Perú, el país avanza en piloto automático:
• Seguridad: asesinatos, secuestros y cobros de cupos convierten las calles en feudos del crimen organizado.
• Economía ilegal: minería ilegal y narcotráfico avanzan sin freno, consolidando un narcoestado en gestación.
• Servicios básicos: hospitales sin equipos, escuelas sin recursos, agricultores sin mercados.
• Gobierno: un Ejecutivo obsesionado con llegar al 28 de julio de 2026, aunque sea caminando sobre cadáveres institucionales.

El verdadero problema no son las “fake news”, sino las real news: muertos en protestas, repudio ciudadano, instituciones capturadas, servicios públicos colapsados. Boluarte intenta presentar al Perú como defensor del multilateralismo, pero lo que exhibe al mundo es un país debilitado, con una democracia reducida a la formalidad y un Estado incapaz de garantizar lo más elemental: seguridad y dignidad.

Cada protesta en el extranjero no es un gesto aislado de migrantes indignados, sino la confirmación de que el descrédito de este gobierno ya no tiene fronteras. El Perú ha pasado de exportar minerales, cultura y turismo, a exportar indignación y vergüenza política.

Boluarte podrá hablar de “odio disfrazado de mentira”, pero lo que la persigue no son rumores: son hechos, son muertos, son comunidades enteras devastadas por la ausencia del Estado. El repudio que ahora se escucha en Nueva York es apenas el eco de lo que resuena en Puno, Cusco, Apurímac o Ayacucho.

La diferencia es que en la ONU, cuando se excedió del tiempo, le apagaron el micrófono. Ojalá en el Perú existiera ese mismo control: apagar la demagogia, prender las alarmas y devolverle la voz al pueblo que ella se empeña en ignorar.

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