La FIFA ha vuelto a demostrar su talento innato: disfrazar ocurrencias como avances históricos. Ahora nos vende el “VAR a pedido”, una especie de call center futbolístico donde los entrenadores levantan una tarjeta verde para reclamar decisiones, como si el fútbol fuese un supermercado con derecho a devolución. El discurso es claro: “más justicia, más accesibilidad, más inclusión”. La realidad, igual de clara: más espectáculo, más interrupciones y, sobre todo, más millones en la caja registradora de Zúrich.
El nuevo sistema, presentado en el Mundial Sub-20 de Chile, suena como un guiño democrático: dos oportunidades por partido para que los técnicos pidan revisar goles, penales o expulsiones. Pero no nos engañemos: esto no busca democratizar el arbitraje, busca convertir cada partido en un reality show con pausas programadas. Si el VAR original ya rompió el ritmo natural del juego, esta versión “a pedido” promete convertir los encuentros en juicios televisados, con árbitros cada vez más reducidos a asistentes de pantalla.
Detrás de la retórica de Collina y compañía, el negocio late fuerte. Menos infraestructura, menos gasto, pero la misma posibilidad de vender más derechos de TV. ¿Qué mejor que darle a las cadenas televisivas la excusa para repetir una y otra vez la misma jugada desde todos los ángulos, mientras la FIFA cobra por cada segundo de transmisión? El fútbol se convierte en un producto plastificado: sin emoción, sin espontaneidad, pero perfectamente empaquetado para el mercado.
Lo más irónico es que la FIFA habla de “devolver justicia al juego” cuando es ella quien le quitó su esencia. Antes un error arbitral podía ser parte de la épica, hoy se trata como una falla del sistema que debe corregirse digitalmente. Lo humano, lo imprevisible, lo que hizo del fútbol un deporte universal, se está reemplazando por un manual tecnológico administrado por burócratas en Zúrich.
El “VAR a pedido” no es un avance, es otra concesión al negocio. Una tarjeta verde para simular justicia, mientras el verdadero partido lo gana siempre la FIFA: más sponsors, más transmisiones, más control. Si antes el fútbol era de los jugadores y de los hinchas, ahora es de los algoritmos y de los vendedores de publicidad.
Reflexión final
El fútbol no necesitaba otro color de tarjeta, necesitaba que lo dejaran respirar. Pero Infantino sigue jugando su propio Mundial: el de los billetes contra la esencia. Hoy es la tarjeta verde, mañana será la tarjeta dorada para revisar contratos, y pasado mañana, la tarjeta negra para silenciar protestas incómodas. La FIFA no innova: improvisa, factura y mata lentamente el alma del deporte más popular del planeta.
